Mohammad Habibi / Activista sindical de los docentes
En las conversaciones recientes entre activistas sindicales, se repite una pregunta digna de reflexión: ¿dónde se ha detenido el movimiento sindical docente hoy y por qué su forma de acción ha cambiado respecto a los años anteriores? La respuesta a esta pregunta, antes de llegar a un juicio sobre el «declive» o la «dinamismo», requiere aclarar algunos puntos fundamentales sobre la naturaleza misma del movimiento sindical. Este ensayo se esfuerza por abordar precisamente estos puntos.
Condiciones que no pueden ignorarse
Antes de cualquier debate teórico, hay que ver la realidad actual. No estamos hablando en condiciones normales. Hoy vivimos en un espacio de guerra, con una represión severa, la securitización de toda comunicación colectiva, creación de expedientes, despidos, separación, jubilación forzosa y la transformación de los comités de infracciones administrativas en brazos de presión; esto ha marcado uno de los periodos más difíciles de la vida de casi tres décadas de las organizaciones sindicales del sector cultural. En tal situación, debatir sobre la forma de acción no es un debate teórico o caprichoso; es un debate sobre la vida, la libertad, el empleo y la seguridad de los activistas que están en el campo real de la represión. Cualquier juicio sobre la acción sindical que ignore esta realidad está equivocado desde el principio.
Credibilidad social, no representación de la sociedad
A veces se utiliza la expresión «representación de la sociedad» para describir el movimiento sindical docente; como si este movimiento alguna vez hubiera sido la referencia y representante de toda la sociedad. Sin embargo, esta expresión es teóricamente imprecisa y políticamente engañosa e incluso peligrosa.
Un movimiento sindical reivindicativo —como el de los trabajadores, jubilados, enfermeros o docentes— se forma en torno a las demandas específicas de un grupo social. Tal movimiento puede poseer credibilidad social e influencia moral, pero no puede y no debe reclamar representar a toda la sociedad. La sociedad es más diversa de lo que una organización sindical —por amplia y arraigada que sea— pueda considerarse su referente. Incluso la suma de todos los movimientos sindicales no puede reclamar representar a todo el pueblo; ya que una gran parte de la sociedad nunca ha sido miembro de ninguna organización sindical y tampoco tiene interés en ello.
Lo que el movimiento docente ha construido en tres décadas no fue «representación de la sociedad», sino credibilidad social en el ámbito de la educación pública, la justicia educativa y la dignidad del maestro. Esta credibilidad es muy importante y debe cuidarse —pero nombrarla «representación de la sociedad» carga sobre sus hombros un peso que excede su capacidad, más allá de ser un homenaje al movimiento.
El movimiento sindical no es lo mismo que una levantamiento popular
Aquí llegamos a una distinción cuya ignorancia es origen de muchos juicios erróneos: la diferencia entre el movimiento sindical reivindicativo y el levantamiento popular.
El movimiento sindical tiene un cuerpo definido, demandas concretas, una estructura organizativa horizontal y de largo plazo, y se mueve con herramientas como declaraciones, negociaciones, concentraciones, peregrinaciones, educación y organización. Pero el levantamiento popular —como el del mes de diciembre o el movimiento «Mujer, Vida, Libertad»— tiene una naturaleza amplia, explosiva y descentralizada que no surge necesariamente del seno de las organizaciones sindicales y no sigue la lógica de la organización sindical.
Esperar que una organización sindical sea el motor o líder de un levantamiento generalizado es un error en la comprensión de su naturaleza. Las organizaciones sindicales pueden estar junto a los levantamientos populares, apoyar sus demandas democráticas y justas, y asumir costos —pero no son sustitutos del levantamiento popular ni cargan con el peso de liderar toda la sociedad. Por lo tanto, que el movimiento sindical no haya tenido un papel de liderazgo en el nivel de toda la sociedad en ningún momento no es señal de su declive; es señal de la diferencia sustancial entre el movimiento sindical y el levantamiento general. Los movimientos sindicales son aliados de los levantamientos populares, no sus motores.
Racionalidad de supervivencia
A veces el movimiento docente actual se mide con los criterios de los periodos de auge de la presencia callejera: el número de concentraciones y la extensión de la presencia de docentes activos y jubilados en esas concentraciones.
Pero esta medición, sin tener en cuenta el cambio fundamental de las condiciones, lleva a una conclusión errónea. Esos periodos fueron momentos importantes, pero no se puede usar un momento como criterio fijo de medición. Después de eso, los arrestos, las sentencias de prisión, los despidos y la mayor securitización de todos los ámbitos multiplicaron el costo de cualquier acción pública. Especialmente después de las protestas del mes de diciembre y la imposición de condiciones críticas y de guerra en el país, estamos experimentando el espacio de represión más duro desde la década del sesenta dentro del país.
En tal situación, una organización que envíe sin piedad a su fuerza al campo de alto riesgo no actúa necesariamente con más valentía, sino que quizás sea irresponsable. La función de un movimiento sindical no es mantener un levantamiento permanente; es la continuidad de la reivindicación y el mantenimiento de la capacidad organizativa a largo plazo.
Esto no es solo una consideración precautoria; también coincide con el análisis de los investigadores de los movimientos sociales.
En una reunión organizada por el Centro Sindical Docente de Teherán
Bajo el título «Organización y continuidad de la acción civil en las condiciones críticas actuales de Irán», el Dr. Saeed Madani —sociólogo que durante años pagó el precio de la participación con prisión— planteó dos principios fundamentales para las instituciones civiles y las organizaciones sindicales en tiempos de crisis: el principio de supervivencia y resiliencia.
Saeed Madani stated that in critical conditions, the main issue for civil institutions is "self-preservation"; not meaning stopping activity, but rather choosing a field of struggle that does not compromise survival. He considered "choosing the field of struggle" part of strategic rationality: "The organization must continue its activities, but not in a way that destroys all its human and organizational capacity."
To clarify the cost of ignoring this principle, he cited the example of the "Imam Ali Society" — an active association that, unable to adjust its activities to crisis conditions, suffered a fundamental blow and was eventually dissolved; a clear lesson that an organization that endangers its survival for the sake of "emotional action" will ultimately lose both survival and action.
This statement has a completely concrete meaning in today's Iran. When any collective action can be met with security accusations, when any connection can turn into a case file, and when citizens face execution news and new rulings every day, preserving the organization is no longer just a conservative choice; it is part of resistance itself.
Dr. Asif Beyat also pointed to a complementary point at the same session: social energy does not remain sustainable unless it turns into "structure." "From this perspective, face-to-face links, small circles, meetings, dialogues, book reading, hiking, and group gatherings — if they serve to preserve the network and strengthen trust — are not the periphery of the movement; they are part of the process of converting scattered energy into lasting capacity."
Asif Beyat emphasized that what keeps a movement alive in the long term is not the intensity of momentary action, but the continuity of these human links.
Small action is not necessarily demand-less action
Sometimes activities such as walking, hiking, book reading, small meetings, and virtual programs are called "demand-less gatherings." This judgment is a simplification of reality.
It must be clearly stated that no group is effective solely by virtue of being held; and assessing which action serves to preserve the network and advocacy, and which merely fills a void, is the responsibility of the organization. However, from this correct statement, one cannot conclude that every low-cost action is meaningless. In conditions of suppression, these forms — which appear low-risk and non-political — have a vital function: preserving member connections, preventing psychological erosion, and keeping the body ready. The ultimate goal here is survival itself; and survival, in the heart of suppression, is not a meager goal, but the condition for any future advocacy.
Analytical virtual programs and dialogues with thinkers — of which the Madani and Beyat meeting is an example — also have an enlightening function and are themselves signs of dynamism, not weakness.
An organization that, in the hardest conditions, keeps alive a space for thinking and dialogue is preserving its essence.
This does not mean denying the streets. The streets have played an important role at various stages and have revealed the power of demand. However, the street is not the only field of action; before any gathering, a network of trust and organization is necessary; without it, the street becomes a temporary event. So if today part of the movement's energy is spent on rebuilding these networks, this should not be understood as being against the streets; these can be the infrastructure for tomorrow's streets.
Main issue: linking survival and advocacy
Nevertheless, a real question remains that should not be ignored: how can one establish a link between low-cost forms of survival and clear advocacy? If meetings, book reading, and walking are not linked to demand and organization, they can gradually lose their effect. However, the solution is not to belittle these forms or declare the death of the movement; rather, it is to make them purposeful.
Every program — small or large — must be able to clarify what it preserves, what demand it strengthens, what body it keeps active, what awareness it produces, and how it can link to broader, demand-oriented action at the appropriate time. The main discussion is not "simply returning to the streets" nor "reducing to small gatherings," but rather building a strategy that links survival, organization, and advocacy together. These two are not opposed to each other; they are conditions for one another.
Final words
The teachers' movement, if it has built capital, did so not from claims of authority over society, but from standing firm on its clear demands: defending public education, the dignity of the teacher, educational justice, freedom of professional activity, and the right of all children to free, quality, and equal education.
Therefore, the correct question is not why we have lost "societal authority" — because we never claimed it. The more precise question is how to preserve and rebuild the movement's social credibility, organizational capacity, and advocacy power in these hardest conditions. And the answer lies neither in belittling small forms of resistance nor in denying the past, but in consciously linking survival, organization, and advocacy. This is the most difficult yet necessary task facing the teachers' professional movement today — a task that will continue not through exaggerating the past or blackening today, but only through correctly understanding the conditions and remaining faithful to those rooted demands.
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