La semana pasada, Ferrocarriles Rusos (RZD) concedió a Adam Kadyrov otra condecoración de cartón piedra. Mientras tanto, el Comité Nobel volvió a dejar a Donald Trump sin el Premio de la Paz.

Rabochaya Politika («Política Obrera») reproduce el artículo de Kirill Buketov «Alfred Nobel contra Donald Trump»: una reflexión sobre la búsqueda vanidosa de reconocimiento, el valor de los premios y por qué su prestigio depende no solo de quién los recibe, sino también de quién queda fuera.

Y nunca lo recibirá.

¿Sabe aún el mundo distinguir la propaganda de los méritos?

Desde principios de 2025, la idea de conceder el Premio Nobel de la Paz a Donald Trump ha reaparecido periódicamente en el debate público. Como si se tratara de comprobar si el mundo aún sabe distinguir la propaganda política de los méritos reales.

Quizá por primera vez, un aspirante al Premio Nobel de la Paz exige reconocimiento y acusa al comité de parcialidad. Los intentos de Trump de presionar públicamente a una institución tan prestigiosa no son solo una muestra de vanidad política: también amenazan la reputación del propio premio.

En toda la historia del galardón, ningún dirigente político se había permitido declaraciones semejantes. El Premio de la Paz nunca ha sido una herramienta publicitaria ni una moneda de cambio político; de ahí su autoridad moral.

Un premio a medida: cómo Trump convierte la paz en una transacción

En su testamento, Alfred Nobel dispuso que el premio reconociera la labor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos permanentes y la celebración y promoción de congresos de paz. Estos criterios exigen un compromiso con el humanismo, la solidaridad internacional y el respeto a la dignidad humana.

La historia del premio incluye nombres que se han convertido en referentes morales: Martin Luther King Jr., Nelson Mandela y Malala Yousafzai. Ninguno suplicó que se lo concedieran. Ni siquiera se plantearon presionar al comité. Trump es el primer político que ha declarado abiertamente que «merece» el Nobel.

Se compara con Obama, denuncia la «injusticia» del comité e insiste obstinadamente en que «hace más por la paz que nadie». Sin embargo, ningún ganador del Nobel de la Paz ha respaldado su candidatura. Para la comunidad internacional que trabaja por la paz, está claro: Trump representa el conflicto, no la concordia.

Un presidente del conflicto: la paz en el lenguaje de las amenazas

Conviene subrayar lo absurdo de la situación: quien ha (re)creado el Departamento de Guerra aspira al Premio de la Paz. Se trata de alguien que desmantela agresivamente el sistema de seguridad mundial y ha impulsado un crecimiento sin precedentes de los ejércitos, la producción de armas y el gasto militar en todo el mundo.

Trump ha construido su política exterior sobre el principio de «America First» —«Estados Unidos primero»—, un lema que en la práctica significa «Estados Unidos contra todos». En lugar de diálogo, ultimátums; en lugar de diplomacia, sanciones y amenazas. Ha debilitado los tratados internacionales de control de armamentos, se ha retirado del Acuerdo de París, ha socavado la confianza en los aliados y ha puesto en cuestión la propia diplomacia multilateral.

Los recortes de financiación a la ONU, la retirada de la Organización Mundial de la Salud durante la pandemia, la presión sobre la Organización Internacional del Trabajo y los ataques a los tribunales internacionales y a los organismos de derechos humanos debilitan los mecanismos creados para prevenir las guerras y proteger los derechos humanos. Esta conducta no solo no favorece la paz: destruye sus cimientos.

Trump recorta la financiación de los programas humanitarios y de mantenimiento de la paz en todo el mundo, ignora las decisiones de los organismos internacionales y se dirige a los demás mediante presiones y amenazas. En su lógica no cabe la seguridad colectiva. Solo cuenta la transacción.

Estos tratos pueden dar resultados a corto plazo, pero no resuelven los problemas de fondo. Dejan bombas de relojería por todas partes. Tarde o temprano, esas bombas estallarán en nuevos conflictos, probablemente aún más violentos.

La desigualdad como política: una guerra interna contra la democracia

La política interior de Trump muestra un desprecio abierto por la libertad, la democracia y la igualdad proclamadas en la Declaración de Independencia. Su administración ataca a los medios independientes, destruye la autonomía universitaria y académica, y desmantela los sindicatos.

Precisamente de esto trata la declaración del comité sobre la concesión del Premio de la Paz de 2025: «La democracia es una condición necesaria para una paz duradera. Sin embargo, hoy retrocede, mientras cada vez más regímenes autoritarios desafían las normas establecidas y recurren a la violencia… Vemos las mismas tendencias en todo el mundo: el Estado de derecho se utiliza al servicio de quienes están en el poder, se reprime a los medios libres, se encarcela a los críticos y se empuja a las sociedades hacia el autoritarismo y la militarización».

Las reformas sociales y fiscales de Trump, que benefician a las grandes corporaciones y a los sectores más ricos, han profundizado las divisiones sociales y socavado la seguridad económica de millones de estadounidenses. En lugar de promover la justicia social y mejorar las condiciones laborales, estas políticas han reforzado el poder del capital y debilitado la posición de los trabajadores. Un presidente que socava los derechos laborales y agrava la desigualdad no puede considerarse un defensor de la paz. No hay paz sin justicia social.

La política migratoria ha sido uno de los aspectos más crueles y controvertidos de la política interior de Trump. Ha dejado sin protección a numerosas familias que buscaban asilo político en el país de la libertad y la democracia. La política de «tolerancia cero» en la frontera con México provocó la separación de miles de familiares, incluidos niños pequeños recluidos en campos y centros de detención. Las deportaciones, la construcción del muro fronterizo y la retórica hostil hacia los migrantes y refugiados han creado un clima de miedo.

Todo ello vulnera las normas humanitarias internacionales y socava la imagen de Estados Unidos como un país fundado en la libertad y los derechos humanos.

Cuando se derrumba la democracia, se derrumba la paz

Mientras siga vivo el espíritu del testamento de Nobel, podemos afirmarlo con seguridad: Trump no ganará el premio.

El Premio Nobel de la Paz no recompensa la ambición ni reconoce el poder militar, económico, tecnológico o político. Es un símbolo de confianza. El mundo lo concede a quienes lo sirven, no a quienes lo utilizan en su propio beneficio.

Donald Trump no se ha ganado esa confianza. El espíritu del premio de Nobel se opone a todo lo que Trump representa: su agresividad, su visión del mundo como un bazar y su arrogancia de mercader armado.

Ha sustituido la búsqueda de la paz por la retórica del beneficio. Ha destruido las instituciones internacionales, condenado a millones de personas al sufrimiento y menoscabado los derechos de sus propios ciudadanos.

Construye muros en lugar de puentes. Regatea donde debería buscar acuerdos. No construye la paz: se lucra con el conflicto.

Trump quiere el premio. Pero no entiende su significado.

La paz no es algo que se pueda comprar. Es algo que hay que construir.