Este ensayo continúa la serie «Política obrera», de Dmitri Petrov. Tras «El trabajador y la guerra» y «El trabajador y el poder», abordamos la relación entre el Trabajador y su antítesis: el negociante.

Voluntad sin sumisión

El 17 de agosto de 2026 vi un vídeo estremecedor. No había cuerpos carbonizados, heridos destrozados ni niños mutilados. Tampoco políticos narcisistas ni multimillonarios, ni maníacos o fanáticos que glorificaran a líderes y profetas.

Había una fila de personas de aspecto honrado que subían a un furgón policial por orden de unos matones uniformados. Así terminó el intento de los activistas de Yabloko de apoyar a su partido mientras lo excluían de las elecciones. ¿Era resistencia pasiva al estilo de Gandhi? En apariencia, sí. En el fondo, no.

Los líderes de la resistencia no violenta llamaban a «llenar las cárceles», entraban en ellas los primeros y arrastraban tras de sí a multitudes, hasta que no quedaba sitio. Aquello era una lucha. Aquí, en cambio, dejarse detener se presentaba como un «desafío audaz al sistema». El sistema solo reconoce la fuerza. Y lo que le ofrecieron fue mansedumbre.

¿Qué más cabe esperar de quienes desean cambios, pero no están dispuestos a luchar por ellos? ¿De quienes se someten a los dueños de las calles, las mentes, los negocios y el país: el negociante y el funcionario? ¿Podemos considerarlos parte del gran organismo colectivo al que hemos llamado Trabajador?

Quizá sean asalariados y sufran explotación. Pero están lejos del Trabajador como sujeto de la lucha por los derechos, las libertades y la justicia. Su camino es la voluntad, no la sumisión.

La batalla de Homestead

La batalla de Homestead es un ejemplo claro de la insumisión del Trabajador frente al negociante. En aquella acería, los metalúrgicos hicieron frente a los mercenarios armados de Carnegie Steel. Enviados por orden del millonario Andrew Carnegie para dispersarlos, los mercenarios fueron derrotados.

Carnegie es un innovador. Desarrolla una producción de acero rápida, barata y a gran escala. El negocio crece y genera beneficios extraordinarios. Los trabajadores están satisfechos con su salario. A Carnegie se lo considera progresista. Afirma que ninguna fábrica vale una sola gota de sangre.

Pero el mercado se estabiliza y los salarios bajan. Esto indigna a los miembros de la Asociación Amalgamada de Trabajadores del Hierro y el Acero y de los Caballeros del Trabajo. En respuesta, el director Henry Clay Frick decide despedirlos y contratar a trabajadores pobres no sindicalizados. Carnegie está de acuerdo. Para el negociante, lo primero es el beneficio. Frick impide la firma de un nuevo convenio colectivo, mientras los siderúrgicos forman un comité de huelga y declaran que «los derechos e intereses de la plantilla no pueden modificarse sin el debido procedimiento legal; los trabajadores tienen derecho a un empleo estable y a resistir a una empresa que desprecia los intereses y la opinión de la comunidad». Comienza la huelga.

Frick contrata a 300 matones armados de la agencia Pinkerton para ocupar la acería. Se acercan a la fábrica en barcazas y comienza un tiroteo. Ambos bandos sufren bajas. Trescientos trabajadores responden al fuego. Las mujeres gritan: «¡Muerte a los Pinkerton!». Trabajadores armados de las fábricas vecinas lanzan río abajo una balsa cargada de tablones ardiendo y, por tierra, una plataforma con aceite en llamas. Los agentes se rinden y se marchan desarmados bajo una lluvia de escupitajos. Sus barcazas arden. Los trabajadores vencen.

La huelga de Homestead se distingue de las anteriores por su valentía y disciplina. Convierte la acería y las fábricas vecinas en un solo Trabajador, dispuesto a combatir al negociante y a sus mercenarios. También aprenderá a enfrentarse a los esquiroles: enemigos de otro tipo.

Esquiroles

Al negociante lo protegen la policía, el ejército, los matones y los mercenarios dispuestos a trabajar por una miseria. Son los esquiroles, llamados scabs en inglés, palabra que también significa «costras». Sustituyen a los huelguistas, y estos los golpean.

«Después de crear la serpiente, el sapo y el vampiro, el Señor pensó que le quedaba poco por hacer para el mundo. En un charco inmundo encontró una pizca de maldad diabólica y, sin ahorrar esfuerzos, modeló con ella al esquirol. La criatura más repugnante: un imbécil, un animal bípedo con alma de sacacorchos, cerebro aguado y una columna vertebral hecha de mierda y pegamento. Donde otros tienen corazón, el esquirol tiene una gonorrea de principios podridos, un tumor y pus.

«Cuando vuelve arrastrándose de la fábrica, los hombres apartan la mirada. Hasta los ángeles lloran ante esa carne vil. El propio diablo cierra el infierno para impedir que entre su engendro. Nadie debería convertirse en esquirol mientras, bajo el hermoso cielo azul, quede una poza donde ahogarlo. El esquirol no tiene derecho a vivir. […]

«Se vende a sí mismo y vende a sus hermanos: es un Judas. Le pagan el patrón y el demonio, el negociante y el mal. Pero el dinero sucio se convertirá en veneno».

Así ridiculizó Jack London al esquirol en su mordaz «Oda». El esquirol es un sirviente contratado para chantajear al Trabajador. Al combatirlo, el Trabajador se enfrenta al negociante.

El negociante

Esta figura ya ha aparecido en la serie. ¿Para qué inventar una definición? El negociante ha sido retratado en textos científicos, periodísticos y literarios, en la pintura, el teatro y el cine.

Vive a costa de los demás. Porque «la propiedad y el capital no producen nada si no son fecundados por el trabajo». El negociante se apropia del fruto del trabajo de quienes carecen de propiedad y capital y están «obligados a vender su trabajo a los poseedores de la riqueza y los medios de producción». Así lo expresa Bakunin.

El negociante es una «persona con dinero». Al mismo tiempo, él mismo es «capital dotado de voluntad y conciencia». Es también un polo que acumula riqueza mientras condena a la pobreza, al tormento del trabajo, a la ignorancia y a la degradación a la «clase que produce su propio producto como capital». Así lo expresa Marx.

Los «negociantes y arribistas», escribe Kropotkin, crean gobiernos para repartirse la riqueza pública: lo que hoy llamaríamos saquear el presupuesto. El dictador afianza el poder de los militares, la policía, los servicios de inteligencia, los nuevos ricos y sus servidores: los funcionarios.

Pero mientras Kropotkin escribe «Palabras de un rebelde», Yákov Mayakin, personaje de una novela de Gorki, exclama: «¡El comerciante, el mercader, el hombre de negocios! Sostenemos el país sobre nuestros hombros… ¡Y nos mantienen encerrados, sin dejarnos actuar!»

Los pensadores rebeldes ven cómo el burócrata y la ley sirven al negociante. Él, en cambio, se siente «encerrado» porque no puede ganar dinero sin límites. Para eso necesita un negocio. ¿Y para qué necesita dinero? Para ganar todavía más. La ciencia, la educación y el arte son fuentes de nuevos beneficios. La «ética, la estética y demás tonterías», como escribe Maiakovski, son sus «sirvientas». También pueden venderse. El negociante quiere derribar todos los límites que lo contienen.

Pero ni siquiera en el sueño de Maiakovski —el socialismo que conocemos— desaparece el negociante. Lo sustituye el funcionario, convertido en explotador y opresor. Contra él se levantaron Kronstadt en 1921, Hungría en 1956, Polonia en 1980 y Kuzbás y Vorkutá en 1989.

El desafío de una nueva ola

El mundo entra en una nueva ola de desarrollo. Estas transiciones siempre generan crisis, entre otras razones porque cambian las tecnologías y las funciones sociales.

Según una interpretación marxista simplificada, en el siglo XIX el burgués revolucionario cede el lugar al proletario como vanguardia del desarrollo. Pero el proletariado cambia junto con la división del trabajo. En el siglo XX, algunos pensadores de izquierda —Garaudy, Marcuse, Habermas y otros— concluyeron que había perdido su potencial revolucionario en los países desarrollados. Žižek sostiene que ya no existe un proletariado unificado: la división del trabajo lo fragmenta en grupos.

Uno de esos grupos está formado por quienes trabajan en informática y en los ámbitos intelectual y creativo. Sufren explotación, aunque no se parezcan a los tejedores de Bangladés, adonde el negociante traslada la producción y crea un proletariado, como ocurre en otros países del Sur Global. Esto agudiza y amplía la lucha.

A través de los medios y de otros mecanismos, los enemigos del Trabajador enfrentan a estos grupos entre sí. A los trabajadores se les presenta a los refugiados como competidores en el mercado laboral; a los refugiados se los atemoriza con el chovinismo de la población local. ¿Cómo responderán un quesero de Francia, un informático de la India, un obrero de la construcción de Estados Unidos, un tejedor de Turkmenistán, un minero de Chile y un conductor de Egipto? También ellos forman el Trabajador. Su enemigo común es el negociante.

En épocas de relativa estabilidad, el Trabajador y el negociante alcanzan una especie de tregua. Al comenzar una nueva ola de desarrollo, su conflicto se intensifica. Los investigadores ofrecen distintas interpretaciones de esa relación.

Tres interpretaciones

I. La interpretación de mercado. Rechaza los conceptos de explotación y derechos del Trabajador. Su esencia es el contrato individual: la relación entre el negociante y el trabajador es una cuestión de acuerdo privado. El primero puede despedir al segundo cuando quiera, y el segundo puede marcharse. Ahí terminan sus derechos.

II. La interpretación radical. Es propia de organizaciones, sociedades y regímenes que se denominan «marxistas-leninistas» o «comunistas». Sus rasgos principales son:

  • Lucha de clases. El Trabajador combate la opresión y la explotación.
  • Revolución. El Trabajador destruye el poder estatal y económico que le es hostil.
  • Abolición de la propiedad privada. El Trabajador priva al negociante de los medios de producción y los convierte en «propiedad de la sociedad», en teoría. En la práctica, pasan a ser propiedad del Estado.
  • Dictadura del proletariado. El Trabajador crea un Estado propio para combatir a sus enemigos.

III. La interpretación reformista. Propone cambiar sin violencia la relación entre el negociante y el Trabajador en favor de este último. Sus rasgos son:

  • Ley. El Trabajador presiona al Estado para que grave a los ricos y al negociante para que reduzca la jornada, mejore las condiciones laborales e introduzca un salario mínimo.
  • Política. El Trabajador crea partidos, participa en elecciones y modifica las leyes y las normas a su favor mediante procedimientos claros.
  • Sindicatos. Las organizaciones de masas defienden al Trabajador.
  • Desobediencia. El Trabajador se niega a trabajar para el negociante.
  • Presión. Mediante peticiones, acciones de presión política, los medios y el arte, el Trabajador impulsa al negociante a reconocer la injusticia del sistema que ha creado y a cambiarlo.

Estas son tres interpretaciones conocidas. Aquí no nos proponemos criticarlas, sino presentar una cuarta.

Una cuarta interpretación

Libertaria / colectivista. El Trabajador toma el control de los medios de producción y los transfiere a los colectivos de las empresas y los sectores. Estos establecen relaciones de autoorganización y autogobierno entre sí y con las comunidades vecinas. Sus rasgos principales son:

  • Acción directa como método. El camino hacia el cambio pasa por la huelga, el boicot y la insurrección.
  • Supresión del papel del negociante. Su propiedad privada, la tierra y los recursos naturales se convierten en propiedad colectiva, que no debe confundirse con la «propiedad pública».
  • Abolición del Estado como sistema jerárquico y su sustitución por el autogobierno horizontal y la autorregulación.
  • Solidaridad entre trabajadores de todas las profesiones y sectores y con las comunidades vecinas.
  • Alta cualificación de quienes integran los colectivos de trabajo, desde el mecánico hasta el profesor.
  • Toma colectiva de decisiones sin discriminación ni coerción.

Estos principios de una economía participativa justa han sido ampliamente descritos y se han llevado a la práctica muchas veces. Pero el negociante y el burócrata, cuya existencia amenazaban, eran más fuertes: poseían más poder que el Trabajador, como vimos en el ensayo anterior.

Hoy, la experiencia de los intentos anteriores, de los éxitos y las derrotas exige que el Trabajador alcance más poder del que se han apropiado el negociante y el burócrata.

La metáfora de la abeja

¿Qué podría representar al Trabajador en la naturaleza? Me atrae la abeja, y no soy el primero en recurrir a ella.

  • La abeja representa a los trabajadores asalariados de todos los géneros, profesiones y regiones.
  • El panal representa los distintos segmentos de la sociedad. Su desarrollo depende de lo bien que las abejas polinicen la flora: de cómo los trabajadores, mediante el intercambio de ideas y experiencias, conecten la sociedad y formen colectivos, sindicatos y otras organizaciones.

El papel del Trabajador, por tanto, no consiste tanto en producir miel como mercancía cuanto en lograr una buena polinización. Cuanto mejor sea esta, más rica será la cosecha —la actividad de la vida social— y mayor la biodiversidad: la riqueza de ideas. Todo el ecosistema, es decir, la sociedad, se desarrollará mejor.

Cuanto más fuerte, comprometido y valiente sea el Trabajador, más libre estará de los zánganos: consumidores que no crean nada, organizados en torno al poder y al dinero. Sus intereses los llevan a frenar el desarrollo y a atacarlo con todas las fuerzas disponibles, desde las tropas norcoreanas hasta los matones de ISIS.

Pero los trabajadores, como las abejas obreras, se reúnen en enjambres —estructuras autogestionadas— e incorporan a más y más miembros, creando un Trabajador capaz de luchar.

De la defensa a la ofensiva

El negociante destruye todo lo que le estorba. ¿Qué debe hacer el Trabajador? Desde luego, no seguir su ejemplo: sus objetivos son distintos. La fuerza del Trabajador reside en la acción conjunta allí donde cada persona, por separado, es débil.

Durante mucho tiempo, el Trabajador y sus sindicatos se concentraron en defender las conquistas alcanzadas: salarios, jornada, seguridad, prestaciones y derecho a organizarse. Esto sigue siendo importante. Pero la defensa no basta. A menudo sus reglas las fija otro, y el Trabajador no puede aceptar jugar según reglas ajenas.

El siguiente paso consiste en pasar de la defensa y la resistencia a establecer reglas propias. No solo exigir una parte de la riqueza producida, sino también el derecho a decidir qué, dónde, cómo y para quién producir. No solo defender un puesto de trabajo, sino determinar cómo se organizan el trabajo y la sociedad.

La división del trabajo hace tiempo que traspasó las fronteras nacionales. Las cadenas productivas, la migración laboral, los mercados, el conocimiento y la información son transnacionales. El negociante se aprovecha de ello. El Trabajador debe aprender a actuar más allá de las fronteras y convertir esas conexiones en una fuente de fuerza.

Un quesero en Francia, un programador en la India, un obrero de la construcción en Estados Unidos, un tejedor en Turkmenistán, un minero en Chile y un conductor en Egipto quizá nunca lleguen a conocerse. Pero lo que producen está conectado por el sistema mundial del trabajo. La tarea de la organización es transformar ese vínculo objetivo en solidaridad consciente.

Homestead mostró tanto la fuerza del Trabajador como los límites de la valentía por sí sola. Se puede obligar a retroceder a mercenarios armados y, aun así, perder frente a quienes poseen el poder, el capital y la posibilidad de sustituir a los huelguistas. Por eso, lo decisivo es la capacidad de los colectivos para impedir que los enfrenten entre sí, más que la disposición de un héroe al sacrificio.

El Trabajador se convierte en una fuerza cuando se organiza, no por el mero hecho de sufrir o incluso de protestar.

Ahí está la frontera entre la sumisión y la voluntad. La voluntad del Trabajador toma la forma de la organización; su lenguaje es la solidaridad. Su objetivo es que las personas tengan poder sobre su propia vida y su trabajo.

P. D. No nos avergoncemos de las grandes palabras ni temamos las acciones difíciles. Su tiempo está volviendo.