Cuatro antiguos trabajadores de Fonderie de Bretagne (FDB) conversan en el aparcamiento de la fábrica, en Caudan, en el departamento bretón de Morbihan. Estas reuniones se han convertido en un ritual desde que el tribunal de comercio de Lorient ordenó liquidar la empresa el 14 de octubre, tras rechazar tres ofertas de compra. La decisión dejó sin trabajo a 244 personas.

«¿Qué va a pasar con la fábrica?», se atreve a preguntar uno. «¡Será una sala de conciertos, con todo el espacio que hay dentro!», bromea un compañero. «¿Cuánto tiempo llevará descontaminar todo esto y arreglar este desastre?» «No lo sé, pero costará un ojo de la cara». Se hace un silencio pesado; el vapor aromático de un cigarrillo electrónico impregna el aire. Entonces estalla la amargura: «¡Veinticinco años respirando mierda y ni siquiera 21.000 euros de indemnización por despido!». A lo lejos, un vigilante recorre el perímetro, atento a posibles ladrones de cables y aficionados a explorar edificios abandonados.

Maël Le Goff, secretario general de la sección sindical de la CGT en la fundición, aparece detrás de un coche. «Acabamos de vaciar el local sindical. Sesenta años de historia a la basura», dice con amargura. «Intentamos asimilar la noticia de la liquidación. Después de seis años de lucha, qué desperdicio». La edad media de la plantilla es de 49 años. Encontrar otro empleo en el mismo sector en la zona de Lorient será complicado. En sus rostros se refleja la preocupación por las hipotecas que pagar y las familias que alimentar.

¿Dónde encontrar otro empleo?

«Con el programa para trabajadores expuestos al amianto, podré prejubilarme a los 58 años. Pero todavía tengo que cubrir tres años», cuenta Éric Blanchier, que lleva 34 años en la fábrica. Este representante electo de la CGT trabajaba en la cinta de clasificación, «dirigiendo con las manos desnudas piezas de automóvil de veinte kilos hacia los contenedores correspondientes». Con el cuerpo castigado por el trabajo, se preocupa por sus compañeros. «¿Reciclarse profesionalmente? Quienes viven en el interior quizá puedan entrar en la industria alimentaria, pero las condiciones no son las mismas. ¡Que un jefecillo te hable mal a las cinco de la mañana es algo que algunos metalúrgicos no van a aceptar!». Los caldereros y los técnicos de mantenimiento pueden tener mejores perspectivas.

Ya están llegando las primeras convocatorias para reuniones de grupo en France Travail, el servicio público de empleo francés. La cita es el jueves 29 de octubre a las 9:30. Los trabajadores ya se organizan para compartir coche.

Un poco apartado, Éric Guyomard, técnico de la oficina de diseño y representante electo de la CGT, explica por qué sigue acudiendo al lugar. Aún lleva al cuello su acreditación de la empresa. «Para encontrarnos, hablar y desahogarnos un poco. No podemos quedarnos solos en casa dándole vueltas a todo». La expresión «segunda familia» significa mucho para él. «Si me surgía una reunión a última hora, mis compañeros recogían a mis hijos en el colegio o los llevaban al médico. ¡Era una solidaridad de verdad!»

¿Podría ayudarles a afrontar el dolor acudir a un profesional de la salud mental o hacer terapia? «Nos dicen que sería bueno consultar a un psicólogo», cuenta Maël Le Goff. «Pero los psicólogos deberían venir a vernos. Porque lo más difícil es dar el primer paso y cruzar la puerta de la consulta».

Una sucesión de propietarios

La historia de Fonderie de Bretagne está marcada por ventas y cambios de propietario, esperanzas y grandes decepciones.

Todo empezó en 1966. Forges d’Hennebont había cerrado, y la Société bretonne de fonderie et de mécanique (SBFM) tomó el relevo en la zona industrial de Kerpont, en Caudan. Fue la antecesora de Fonderie de Bretagne. Renault era su principal accionista y cliente. En 1999, el grupo automovilístico vendió la empresa a la italiana Teksid. «Ahí empezaron los problemas», recuerda Maël Le Goff. «Se acabaron las inversiones, todo se quedó obsoleto y las condiciones de trabajo empezaron a empeorar». SBFM pasó a otra empresa italiana, Zen, en 2006, antes del regreso de Renault en 2009. Aquellos tres años estuvieron marcados por «muchas movilizaciones», recuerda el dirigente sindical.

El regreso de Renault trajo la modernización de los equipos. Sin embargo, un grave incendio en la línea de moldeo paralizó la producción en 2019 y dio paso a diecinueve meses de reparaciones. Fue un duro golpe para Renault, porque determinadas piezas solo se fabricaban en Caudan. Cuatro trabajadores bretones fueron enviados de urgencia a una planta de Nissan en España para formar a los compañeros que iban a asumir esa producción.

«En 2021, justo después de la covid, Renault decidió desprenderse de nosotros dentro de un plan de ahorro de 2.000 millones de euros en tres años. En 2022 nos vendieron al fondo de inversión alemán Callista. Dos años después se iniciaron negociaciones para vendernos a otro fondo alemán, Private Assets. No hubo acuerdo: Renault, hasta entonces nuestro principal cliente, endureció la negociación y se negó a comprometer un volumen de pedidos hasta 2028», explica Maël Le Goff.

Para entonces, la fábrica ya se había convertido en un activo financiero más, que pasaba de unas manos a otras.

En mayo de 2025 llegó Europlasma, que ya había adquirido Forges de Tarbes. El nuevo propietario tenía una reputación controvertida, pero prometió invertir quince millones de euros en tres años y diversificar la producción —y la cartera de clientes— mediante la fabricación de proyectiles de artillería. La decepción no tardó en llegar: no se cumplió ninguna promesa. «El objetivo de Europlasma no era salvarnos, sino utilizarnos como escaparate para captar fondos en los mercados financieros», sostiene Maël Le Goff. En enero de 2026 se declaró otro incendio, esta vez en un horno. La producción nunca llegó a reanudarse de verdad.

A principios de julio, Fonderie de Bretagne entró en un procedimiento judicial de reestructuración por insolvencia. «En septiembre incluso trabajamos quince días sin cobrar».

Los trabajadores responsabilizan al Estado y a Renault

«El verdadero problema de Fonderie de Bretagne es el volumen de pedidos. Tenemos una enorme capacidad de producción, cuarenta mil toneladas al año, pero desde 2020 trabajábamos a menos del cincuenta por ciento. Así es imposible ganar dinero, aunque teníamos una planta moderna y una plantilla cualificada», lamenta Maël Le Goff. «El ministro de Industria de entonces, Marc Ferraci, fue demasiado complaciente con Europlasma, ¡un fondo depredador! ¿Cómo podía no saberlo? El Estado posee el quince por ciento de Renault: ¿por qué aceptó que la producción se trasladara al extranjero? Desde el anuncio de la liquidación, ningún político ha venido a vernos».

La próxima batalla, en torno al plan de protección del empleo (plan de sauvegarde de l’emploi, PSE), se anuncia dura. En Francia, este plan recoge medidas de apoyo a los trabajadores afectados por despidos colectivos, como formación y ayuda para encontrar otro empleo. «Por ahora, las prestaciones ofrecidas se limitan al mínimo previsto en el convenio colectivo», señala con preocupación Éric Guyomard. Para financiar unas condiciones de salida dignas, propone recurrir a los fondos en administración fiduciaria: «Renault ha reservado 11,5 millones de euros desde 2021 para apoyar la actividad. Si pudiéramos acceder a ese dinero, permitiría financiar un plan de apoyo adecuado».

La CGT prestará especial atención a la formación, «para que los antiguos compañeros puedan encontrar un nuevo empleo y no se queden en el paro», subraya Maël Le Goff. «También vamos a crear una asociación de trabajadores de la fundición, con un servicio regular de atención para ayudar a los compañeros con los trámites administrativos», añade Éric Blanchier. Un estallido lo interrumpe: un joven extrabajador lanza petardos ante las miradas entre divertidas y reprobatorias de sus compañeros mayores. «Lo ideal sería que el chaval encontrara otro trabajo enseguida», dice uno en voz baja.