En Elizabeth Gurley Flynn: The Rebel Girl, Democracy, and Revolution (2025), la historiadora Mary Anne Trasciatti reconstruye la trayectoria de una de las figuras más importantes del sindicalismo radical en Estados Unidos, que participó en casi todas las grandes campañas de la izquierda de la primera mitad del siglo XX. Las biografías y la memoria popular suelen reducir a Flynn a su pasado en Industrial Workers of the World (IWW, Trabajadores Industriales del Mundo). En el nuevo libro de Trasciatti, en cambio, aparece como una organizadora dinámica y de extraordinario talento, que dedicó su vida a construir una tradición de izquierda estadounidense comprometida con la libertad de expresión, la democracia y el poder de la clase trabajadora. Su capacidad y su firme defensa de la igualdad racial y de género la convirtieron en una figura clave de la izquierda a lo largo de décadas de campañas y militancia. Rosemary Feurer conversó con Trasciatti sobre su nueva biografía.

Para empezar, ¿qué deberíamos saber sobre Elizabeth Gurley Flynn? ¿Por qué es una figura importante en la historia del movimiento obrero?
Elizabeth Gurley Flynn dedicó medio siglo a defender a la clase trabajadora en Estados Unidos. Sin embargo, hoy apenas se la conoce fuera de los círculos interesados en la historia de los movimientos radicales o del movimiento obrero. Incluso allí se recuerdan sobre todo sus primeros años como la «Chica Rebelde» de la IWW. En vida, su nombre era conocido en todos los hogares obreros: era prácticamente una celebridad y conocía a todo el mundo.
Nació en Nuevo Hampshire en 1890 y creció en Nueva York, escuchando relatos sobre la lucha por la independencia de Irlanda y viendo las luchas de los trabajadores a su alrededor. Era precoz: se hizo socialista de adolescente y después se convirtió en una wobbly, como se conocía a los miembros de la IWW. Este sindicato radical aspiraba a organizar a todos los trabajadores de todas las industrias. Los wobblies rechazaban la política electoral. Creían que el cambio comenzaría en los centros de trabajo: los trabajadores tomarían el control de los medios de producción y extenderían la democracia del ámbito laboral al conjunto de la sociedad. Flynn era muy popular como organizadora y agitadora —una «artesana de la palabra», jawsmith en la jerga de la IWW—, porque era extraordinariamente inteligente y elocuente. Recorrió el país organizando sindicatos, apoyando a los huelguistas y defendiendo la libertad de expresión.
Los primeros capítulos del libro abordan las luchas por la libertad de expresión en Missoula y Spokane. Muestran tanto la importancia de Flynn en esas campañas como la de esas campañas para la organización obrera. A principios del siglo XX, ciudades como Missoula y Spokane prohibieron los discursos callejeros para impedir que la IWW organizara a los «indeseables». Flynn ideó muchas de las tácticas del sindicato para desafiar esas leyes. La lógica era: «Si no podemos hablar en las esquinas para organizar a los trabajadores, infringiremos la ley y hablaremos de todos modos. Nos detendrán y llenaremos las cárceles hasta que cambien las leyes». Cuando encabezó estas luchas, Flynn era joven, hermosa y estaba embarazada. El llamamiento a los wobblies para que la «defendieran» contribuyó a iniciar la tradición de incorporar a trabajadores itinerantes, los hobos, a esas campañas.
Desde que comenzó su militancia en 1906 hasta su muerte en 1964, Flynn participó en casi todas las causas de la izquierda: libertad de expresión, defensa de militantes obreros perseguidos, organización sindical, huelgas, antifascismo y campañas contra las deportaciones, los linchamientos, el impuesto exigido para votar y la discriminación en la vivienda. La lista es interminable.
Flynn pronto se ganó una reputación como organizadora destacada y popular. Adonde iba atraía multitudes y la atención de la prensa. Las jóvenes la admiraban. Las animó a organizarse y a estar en primera línea, por ejemplo, en las huelgas de las fábricas textiles de Lawrence, Massachusetts, en 1912, y de las fábricas de seda de Paterson, Nueva Jersey, en 1913–1914.
Durante la Primera Guerra Mundial, Flynn fue detenida en las redadas federales contra la IWW. Evitó el juicio escribiendo al presidente Woodrow Wilson una carta que, en esencia, decía: «Soy madre, ¿cómo voy a ser una radical?». Da un poco de vergüenza leerlo. Fue entonces cuando rompió con los wobblies, pero no abandonó el movimiento. En 1918 fundó la Unión de Defensa de los Trabajadores para defender a cualquier persona —sindicalista, socialista, anarquista, wobbly y, más tarde, comunista— procesada por la Ley de Espionaje, que convertía en delito cualquier obstáculo al esfuerzo bélico. La izquierda tiene mucha facilidad para pelearse consigo misma, pero Flynn rompió con esa tendencia y unió a la gente en torno a un objetivo común: defender la libertad de expresión de los militantes obreros.
A principios de los años veinte se hizo antifascista. Tendemos a situar el origen del antifascismo en Estados Unidos en el ascenso del nazismo y la oposición a él. Pero ya en los años veinte los radicales italianos veían cómo el régimen de Mussolini reprimía brutalmente a sus amigos, familiares y camaradas, y se organizaban para combatirlo. Flynn mantenía entonces una relación con el anarquista italiano Carlo Tresca. Lo que aprendió la convenció de que el fascismo era una ideología antidemocrática que amenazaba no solo a Italia, sino a todo el mundo. Veía al Ku Klux Klan y a la Legión Americana como formas específicamente estadounidenses de fascismo, arraigadas en el racismo y en el intento de aplastar la organización obrera.
Tras una crisis personal en 1926, Flynn se retiró de la vida pública y pasó buena parte de los diez años siguientes viviendo con la anarquista Marie Equi en el estado de Washington. El Frente Popular la devolvió a Nueva York y a la política. Fue el momento en que el Partido Comunista pasó de propugnar el derrocamiento revolucionario del capitalismo a apoyar el New Deal de Franklin Roosevelt y a forjar alianzas con los liberales contra el fascismo. La propuesta del Frente Popular le resultaba muy atractiva. En 1937 ingresó en el Partido Comunista de Estados Unidos y siguió siendo comunista hasta el final de su vida.
Así que podríamos decir que Flynn fue una radical estadounidense durante toda su vida: primero socialista, después sindicalista revolucionaria y, por último, comunista.

Hacia 1961 habló en la Universidad del Norte de Illinois. La biblioteca conserva una transcripción. A los estudiantes solo les interesaba su pasado como wobbly, y algunos biógrafos han seguido ese mismo camino. Tu libro subraya la continuidad entre las distintas etapas de su vida, en lugar de una ruptura profunda. ¿Puedes explicar ese enfoque? ¿Cómo decidiste dar sentido al conjunto de su trayectoria?
Elizabeth Gurley Flynn fue una mujer extraordinaria y una defensora incansable de la clase trabajadora. Me entristece que no se la conozca más, sobre todo entre los jóvenes. Quería contribuir a cambiarlo. Desde que comenzó su militancia en 1906 hasta su muerte en 1964, participó en casi todas las causas de la izquierda: libertad de expresión, defensa de militantes obreros perseguidos, organización sindical, huelgas, antifascismo y campañas contra las deportaciones, los linchamientos, el impuesto exigido para votar y la discriminación en la vivienda. Podría seguir. Me pregunté: «¿Cómo puedo contar la historia de esta organizadora y activista extraordinaria de una manera coherente, sin repetir lo que ya se ha dicho de ella un millón de veces?».
Me di cuenta de que había un hilo que podía seguir desde el principio hasta el final de su trayectoria: la defensa de la Primera Enmienda, la libertad de expresión y las libertades civiles. En su época, no todo el mundo consideraba necesaria esa labor. Los relatos de las luchas de los wobblies por la libertad de expresión recogen esa controversia: algunos pensaban que distraían de la importante tarea de organizar a los trabajadores.
Flynn formaba parte de una tradición radical anterior que veía a la izquierda anticapitalista como parte de la tradición revolucionaria sobre la cual se fundó la nación.
En los últimos diez años también he oído a historiadores decir lo mismo. ¿Qué opinas?
Flynn rechazaba esa valoración, y yo coincido con ella: sin libertad de expresión y de reunión en el espacio público no se puede organizar a la gente. Durante la huelga de los trabajadores de la seda en Paterson en 1913, por ejemplo, las autoridades locales y la policía intentaron impedir el acceso a salones, calles y parques. ¿Qué haces si hay miles de huelguistas y ningún lugar donde reunirse? ¿Cómo mantienes la moral, construyes la solidaridad y debates la estrategia? Se podían usar casas particulares, y así lo hicieron. Por ejemplo, la Casa Botto, en Haledon, Nueva Jersey, la localidad vecina de Paterson, que tenía un alcalde socialista. Pero un sindicato no puede depender de que la gente le abra sus casas durante una huelga.
Para Flynn, la libertad de expresión no era un derecho abstracto. Sabía que hablar es una acción concreta: permite llegar a la gente, organizarla y llevar el mensaje a los trabajadores. No se puede esperar a que ellos acudan: están cansados, no tienen cómo llegar y, si estamos en un lugar remoto, ni siquiera saben que existimos. Para ella, la libertad de expresión, de reunión y de prensa eran herramientas esenciales y condiciones necesarias para organizar a los trabajadores. No se puede organizar a la gente si no se puede llegar a ella.
Flynn nunca dejó de defender las libertades civiles. Luchó por el derecho de los trabajadores a manifestarse en las calles, a organizar huelgas incluso en tiempos de guerra, a tener un juicio justo aunque fueran inmigrantes con ideas radicales y a pertenecer a cualquier organización o partido político, incluido el Partido Comunista.
Conviene recordar que el Partido Comunista era legal durante la mayor parte de estos procesos.
Exactamente. Para mí, ese es el hilo conductor del libro. Da igual que Flynn fuera socialista, wobbly o comunista: era una organizadora de la clase trabajadora, una organizadora radical profundamente comprometida con las libertades civiles. A algunas personas les puede parecer paradójico, pero estaba plenamente dedicada a defender la Primera Enmienda.
Cuando empecé a escribir este libro, estábamos en un momento —creo que nos estamos alejando de él— donde ser activista en la izquierda significaba realmente centrarse en las fallas de Estados Unidos. Pero Flynn formaba parte de una tradición radical anterior que veía a la izquierda anticapitalista como parte de la tradición revolucionaria sobre la cual se fundó la nación.
Por ejemplo, la Declaración de Independencia fue una herramienta importante en las luchas de los wobblies por la libertad de expresión. Sus oradores se subían a un cajón en una esquina y leían la Declaración —muchos no eran especialmente elocuentes— mientras esperaban a que los detuvieran para exigir sus derechos bajo la Primera Enmienda. A mucha gente le sorprende imaginar una izquierda que diga: «Esta tradición revolucionaria es nuestra, y quienes nos pisotean son quienes incumplen sus promesas. Debemos rescatar la tradición revolucionaria estadounidense de una sociedad imperialista, capitalista y racista, y devolverla a sus verdaderas raíces: la libertad frente a la tiranía, frente a la opresión, la libertad para todos».
Para ella, la libertad de expresión, la libertad de reunión y la libertad de prensa eran herramientas esenciales, las condiciones necesarias, para organizar a los trabajadores. No se puede organizar a la gente si no se puede llegar a ellos.
Las luchas de los wobblies suscitaron un debate sobre la libertad de expresión y las libertades civiles que resonó por todo el país e incluso en Australia. Este enfoque se llama constitucionalismo popular y viene a decir: «No necesitas que alguien formado en una facultad de Derecho te explique qué dice la Primera Enmienda. Puedes interpretarla por tu cuenta. Lee la Constitución, lee la Primera Enmienda: ahí está». La idea tuvo una gran acogida, aunque la gente no supiera cómo se llamaba. Les daba confianza en su propia capacidad. Debatían en distintos idiomas, en sus periódicos y en foros públicos. Fue una conversación importante, y Flynn ayudó a ponerla en marcha. Creo que esto es clave. Ilustra la tesis de Jim Barrett sobre la «americanización desde abajo»: al debatir sobre esas luchas, los trabajadores definían por sí mismos qué significaba el país para ellos.
Creo que es un logro extraordinario que merece mayor reconocimiento, porque puede inspirarnos en este momento de celebración de los 250 años de Estados Unidos. ¿A quién incluimos en el relato? ¿Por qué importa esta tradición revolucionaria estadounidense? Flynn diría que importa porque los trabajadores pueden aprovecharla, en el mejor sentido de la palabra, hacerla suya y decir: merecemos libertad y todas las cosas buenas de la vida.
Tu libro sugiere que las redes de la comunidad irlandesa en las que se movía contribuyeron a formar esa perspectiva.
Su identidad como estadounidense de origen irlandés era muy importante para Flynn. Creía que ser fiel a sus raíces implicaba ser socialista, defender a los oprimidos y a los militantes obreros perseguidos. Para ella, la identidad irlandesa entrañaba una responsabilidad: pertenecer a una historia de explotación, sobre todo de los trabajadores —jurados amañados, salarios robados y opresión de todo tipo—, obligaba a defender a los oprimidos y explotados dondequiera que estuvieran. Le indignaban especialmente los policías estadounidenses de origen irlandés. Los llamaba «hibernianos de mofletes gordos», entre otras cosas.
Flynn estaba profundamente comprometida con la idea de una república obrera del socialista irlandés James Connolly. Lo ayudó a fundar la Federación Socialista Irlandesa cuando aún era adolescente. También era amiga de Jim Larkin y aprendió de él. Tras la huelga de la seda de Paterson le prohibieron hablar en la ciudad. Un grupo de mujeres acomodadas de Nueva York la vistió con ropa elegante para que pudiera entrar sin ser reconocida en un salón y dirigirse a los trabajadores. Era 1915. Creo que tomó la idea de Larkin, que durante el cierre patronal de Dublín de 1913 se disfrazó para pasar entre la multitud sin que lo detuviera la policía, antes de quitarse el disfraz y hablar desde un balcón. A diferencia de Larkin, Flynn no logró engañar a nadie, pero era una buena idea.

Flynn también era antiimperialista y anticolonialista: creía que ser irlandesa implicaba llevar consigo la historia del colonialismo, el imperialismo y la explotación que los acompañaba. Apoyó la Revolución mexicana y el movimiento por la independencia de la India. En las oficinas de la Unión de Defensa de los Trabajadores hizo imprimir folletos anticoloniales de ese movimiento. Animó a personas de la India y de Irlanda a marchar juntas en el desfile del Día de San Patricio en Nueva York. Precisamente por ser irlandesa, no solo luchaba por una república obrera en Estados Unidos: también apoyaba las luchas anticoloniales de todo el mundo.
En 1952, cuando Flynn fue citada ante la Junta de Control de Actividades Subversivas, creada por la Ley McCarran para identificar e investigar organizaciones subversivas, le preguntaron si debía lealtad a alguna potencia extranjera. Respondió: «A ninguna. Pero admito que siento un cariño especial por Irlanda». Y lo decía en serio.
Lo que querían sugerir era que su única lealtad era hacia la Unión Soviética.
Exactamente. Era leal a Estados Unidos, pero sentía un cariño especial por Irlanda. Cuando la condenaron por la Ley Smith y la enviaron a prisión, los irlandeses respondieron: pidieron su liberación y la homenajearon como socialista y defensora de la república obrera. El afecto era mutuo. En Irlanda la apreciaban.
Para ella, la identidad irlandesa entrañaba una responsabilidad: pertenecer a una historia de explotación, sobre todo de los trabajadores —jurados amañados, salarios robados y opresión de todo tipo—, obligaba a defender a los oprimidos y explotados dondequiera que estuvieran.
Otra parte fascinante del libro es cómo Flynn contribuyó al desarrollo del movimiento por las libertades civiles y, sin embargo, acabó expulsada de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU). ¿Cómo ocurrió?
Flynn fundó la Unión de Defensa de los Trabajadores en 1918, inicialmente dentro de la Liberty Defense Union, precursora de la ACLU. Más tarde la describió como «una ahijada de la ACLU». Sus labores se complementaban en muchos aspectos. Flynn ayudó a organizar la ACLU, pero los demás promotores no sabían cómo llegar a los trabajadores, a los inmigrantes, a personas cuyas lenguas y culturas desconocían. Le pidieron: «Ayúdanos, sé nuestro enlace con los trabajadores y sus movimientos». Eran personas bienintencionadas y acomodadas, parte de la élite estadounidense. Flynn prefería estar con los trabajadores, pero también sabía hablar con las élites; sabía adaptar su registro, por decirlo en términos actuales. A la vez, la querían inmigrantes de muchos grupos étnicos y nacionales. Sus discursos aparecían en periódicos finlandeses e italianos. Esas comunidades la conocían. Podía, por tanto, servir de enlace entre la élite liberal y las comunidades obreras, muchas de ellas inmigrantes. La Unión defendió a Emma Goldman, Eugene Debs, Sacco y Vanzetti y a muchas personas apenas conocidas o totalmente anónimas. El prestigio que adquirió con esa labor llevó a su elección para el comité ejecutivo de la ACLU en los años treinta. Pero después del pacto germano-soviético de 1939 creció la fractura entre los liberales del New Deal y los anticomunistas.
Una razón de esa fractura fue el nuevo rumbo de la ACLU en materia de libertades civiles. La organización se fundó en 1920, principalmente, aunque no solo, para ayudar a militantes obreros encarcelados o perseguidos por su actividad. Tras el pacto germano-soviético adoptó un enfoque neutral respecto a los valores, que entendía la libertad de expresión como un signo de la sociedad democrática. Flynn lo rechazaba: para ella, las libertades civiles eran el punto de partida de la democracia, una condición necesaria para equilibrar el poder entre quienes tienen recursos y quienes carecen de ellos.
La fractura siguió creciendo. En 1940, la ACLU aprobó una resolución parecida a lo debatido recientemente en el Congreso: el fascismo y el comunismo eran igualmente malos, por ser ideologías autoritarias, y ningún miembro de una organización fascista o comunista debía formar parte de su junta directiva. Muchos la llamaron resolución «comunazi». Flynn era su blanco más evidente y así lo entendió. El conflicto se volvió personal y desagradable. Existían diferencias sobre el enfoque neutral de la libertad de expresión, pero la resolución también reflejaba el auge del anticomunismo. Los directivos temían que los acusaran de simpatizar con los comunistas; les preocupaban J. Edgar Hoover, una posible citación ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes y la pérdida de apoyo político y económico. Como no lograron que Flynn dimitiera, la sometieron a un proceso interno. Se defendió con gran elocuencia: denunció la persecución anticomunista de los directivos y recordó que, en los primeros años de la ACLU, la organización habría respaldado su causa. Su argumento era: «Dicen que traicioné mi compromiso con la libertad de expresión al hacerme comunista. Primero, sabían que lo era cuando me eligieron y cuando renovaron mi mandato. Segundo, son ustedes quienes han traicionado la Primera Enmienda con esta prueba de lealtad política».
Por desgracia, perdió. Hubo un empate que, si no recuerdo mal, deshizo John Haynes Holmes al votar por su expulsión de la junta. Cuando la decisión se sometió al voto de los miembros de todo el país, provocó una gran controversia. Algunos abandonaron la organización en protesta. Otros temían que la ACLU estuviera violando sus principios y sentando un precedente peligroso. Pero también hubo miembros que aplaudieron la medida.
Otro aspecto destacable de estos discursos es cómo relacionaba la experiencia de los estadounidenses de origen irlandés con la de los afroamericanos.
Flynn vivió su expulsión de la ACLU como una traición personal, y creo que tenía razón. También comprendió que, en los momentos difíciles, sus antiguos aliados no defenderían a nadie frente a la persecución anticomunista. Esto es importante: al expulsarla, la ACLU dio, en la práctica, el visto bueno de la izquierda liberal a esa persecución y al anticomunismo. Sabemos, por ejemplo, que otras organizaciones aprobaron sus propias resoluciones «comunazis» siguiendo su modelo.
Los liberales giraron hacia lo que llamaban «anticomunismo de principios», y esta influyente organización legitimó esa perspectiva. A partir de entonces, muchos consejos sindicales aprobaron resoluciones similares.
Sí, y ya era difícil decirles a esos consejos sindicales u otras organizaciones: «¡Esto viola todo lo que defienden!». Señalaban a la ACLU y decían: «Si una organización dedicada a defender la libertad de expresión puede justificar el anticomunismo por sus principios, nosotros también». Poco antes de expulsar a Flynn, la ACLU también estaba dividida sobre las huelgas de ocupación. Su postura ante las de General Motors fue vacilante.
Con esa postura más neutral, tanto la libertad de expresión como el derecho de propiedad se vuelven casi intocables.
Sí, porque quienes ocupaban las fábricas decían: «Tenemos derecho a conservar nuestros empleos. No reclamamos la propiedad de la fábrica; la ocupamos para defender nuestro derecho al trabajo». La ACLU vaciló en este asunto y también ante el ataque de Ford contra los organizadores del sindicato del automóvil UAW en la planta de River Rouge. Su razonamiento era: «Los empleadores no tienen derecho a golpear a los organizadores, pero sí a desalentar la sindicalización». ¡La ACLU estaba defendiendo las prácticas antisindicales en nombre de un enfoque neutral de la libertad de expresión! Flynn reaccionaba: «¿Lo dicen en serio?». Su postura —muy parecida, creo, a la del preámbulo de la Ley Nacional de Relaciones Laborales— era que los trabajadores necesitan organizarse colectivamente porque no están en igualdad de condiciones con los empleadores. Para evitar una ruptura completa del orden social hay que equilibrar las fuerzas, y la organización y la negociación colectivas son la manera de hacerlo. Sin libertad de expresión no puede haber ese equilibrio. Decir que Ford tiene los mismos derechos que los organizadores de la UAW y que las prácticas antisindicales son aceptables ignora la enorme diferencia de poder. Eso la indignaba.
Al expulsar a Flynn, la ACLU dio, en la práctica, el visto bueno de la izquierda liberal a la persecución anticomunista y al anticomunismo.
También existe la idea de un derecho colectivo a la libertad de expresión. Al centrarla exclusivamente en el individuo se pierde mucho de esa tradición, aunque sus ideas siguen vigentes. Como decías, celebramos los 250 años de Estados Unidos. En noviembre, nuestro departamento de historia inicia un ciclo sobre figuras de la historia del país. Propuse incluir a Elizabeth Gurley Flynn, pero rechazaron mi propuesta.
Estoy sorprendida. No, en realidad no.
Tu libro presenta a una figura extraordinaria que veía coherencia en sus posiciones, al menos en la defensa de los perseguidos, en cómo debían organizarse los trabajadores y en el legado de la revolución. Pero parece que sigue siendo difícil convencer a otros de su importancia, incluso después de la Guerra Fría. ¿Quizá tu enfoque permita presentarla como una figura heroica con menos dificultades que durante aquel período?
Cuando Flynn estaba presa en Alderson tras el juicio por la Ley Smith, le pidieron un artículo para el número del 4 de julio del periódico de la prisión, el Alderson Eagle. En él vinculaba la Revolución estadounidense con las Cuatro Libertades de Franklin Roosevelt. Es una conexión muy interesante. Cuando llegó la orden de eliminar la segregación racial en la prisión, también les pidieron ayuda a ella y a su querida amiga Claudia Jones, una comunista nacida en Trinidad. Sabían que ambas estaban comprometidas con la justicia y la igualdad raciales. Incluso en la cárcel se lo reconocían, aunque fuera a regañadientes.
Sí, es una parte de la tradición comunista de la que se puede estar orgulloso y que conecta con sus primeros años: la libertad de expresión, la libertad de reunión y el antifascismo. Cuéntanos algo más.
Gurley Flynn siempre organizó a la gente superando las divisiones de raza y género. Aunque no era feminista, consideraba esencial organizar a las mujeres. También creía indispensable organizar a los trabajadores negros de Estados Unidos: afroamericanos, estadounidenses de origen caribeño y trabajadores negros de cualquier procedencia.
Durante la primera oleada del «miedo rojo», The Messenger, el periódico de los socialistas A. Philip Randolph y Chandler Owen, fue reprimido por su posición antibélica. Los afroamericanos estuvieron entre los primeros en señalar la amarga ironía de que el país luchara para garantizar la democracia en el mundo mientras negaba derechos democráticos a muchos de sus ciudadanos por el color de su piel, y lo decían sin rodeos. Se celebró una reunión en Harlem y Flynn fue una de las oradoras. La anunciaron como una «oradora irlandesa extraordinariamente cautivadora y erudita»: ¡me encanta! Después de la masacre de Elaine, Arkansas, donde se reprimió brutalmente la organización de los aparceros, volvió a hablar en Harlem.
Esos discursos se transcribieron porque Nueva York había aprobado una ley contra los radicales y los agentes estatales acudían a las reuniones para registrarlas. Flynn se burlaba de ellos sin piedad. En cierto modo tenemos que agradecerles su presencia, por amarga que sea la paradoja: gracias a ellos conservamos las transcripciones. Al leerlas se aprecia lo brillante que era recaudando fondos. Hablaba al final, porque era una de las principales atracciones. Después se pasaba el sombrero y ella decía al micrófono: «Oigo muchas monedas, ¡pero necesitamos billetes! Vamos, que aparezcan esos billetes. ¿Y los irlandeses? Les toca dar un paso al frente. Conozco a muchos de ustedes y no querrán que los vea por la calle sabiendo que no pusieron nada en la cesta». Insistía tanto que el público acababa aflojando el bolsillo.
Fue una de las principales figuras públicas del Partido Comunista de Estados Unidos, lo vinculó con la historia de la organización obrera del país y gozó de gran popularidad entre la militancia de base.
Otro aspecto destacable de estos discursos es cómo relacionaba la experiencia de los estadounidenses de origen irlandés con la de los afroamericanos: «Mi pueblo llegó huyendo del hambre y la persecución; al suyo lo trajeron por la fuerza. Pero aquí ambos sufrimos explotación: nuestra lucha es común y debemos trabajar juntos». A los trabajadores negros les decía: «No pueden luchar solos. Deben unirse a la IWW, que organiza a los trabajadores por encima de las divisiones raciales. Luchen por sus derechos junto a la IWW». Más tarde, en los años veinte, defendió la organización de la población negra bajo su propio liderazgo. Pero durante el primer «miedo rojo» propuso alianzas multirraciales. A los trabajadores blancos, de origen irlandés o de cualquier otro, les decía: «Basta de tonterías. Todos somos explotados y oprimidos. Como irlandeses, tenemos la responsabilidad de tender la mano por encima de la barrera racial. No triunfaremos si no la derribamos». La gente respondía: las transcripciones recogen los aplausos. Su mensaje era sencillo y creo que cayó en terreno fértil.
Flynn mantuvo ese mensaje en los años veinte y treinta, también en su trabajo con el Partido Comunista de Estados Unidos. No se hizo antifascista y antirracista gracias al partido: llevó a él una labor que ya venía realizando contra los linchamientos y la discriminación en la vivienda y el empleo, y señaló la triple opresión de las mujeres negras. No debe subestimarse su relación con Claudia Jones y otros comunistas negros. Había respeto y afecto mutuos. Angela Davis afirma que Flynn era una de las pocas mujeres blancas de la época que comprendían la situación de las trabajadoras negras. Me parece extraordinario, y es un ejemplo para quienes intentamos comprender la relación entre raza y clase. Su trayectoria inspira formas de organizarse que superen esas barreras.

Tu libro no se arredra al discutir las dificultades que tuvo en el Partido Comunista.
Su primera intervención como comunista, en 1937, fue en un acto para recaudar fondos para la Brigada Abraham Lincoln: los voluntarios estadounidenses que se incorporaron a las Brigadas Internacionales para combatir a los fascistas de Francisco Franco en España. Para una antifascista de larga trayectoria, era una forma perfecta de empezar su militancia en el Partido Comunista de Estados Unidos. Como organizadora obrera, también la atraía el compromiso del partido con la construcción del Congreso de Organizaciones Industriales (CIO). Fue una de las principales figuras públicas del partido, lo vinculó con la historia de la organización obrera del país y gozó de gran popularidad entre la militancia de base.
Por desgracia, los dirigentes del partido no la respetaron como merecía. Por ser mujer, la relegaban constantemente al «trabajo de mujeres». El partido abordaba mucho mejor las cuestiones raciales que las de género. Además, Flynn no era teórica. Supongo que era marxista, pero no iba por ahí citando a Marx. Lo suyo era hablar con los trabajadores, y lo hacía muy bien. Las conversaciones con los mineros del noreste de Pensilvania le aportaban mucho más, intelectual y emocionalmente, que sentarse con los dirigentes a teorizar sobre una u otra vía hacia la revolución. Por eso la consideraban de escasa talla intelectual. Me parece una gran ironía: un partido que pretende organizar a la clase trabajadora para derrocar el capitalismo menosprecia intelectualmente a la persona que probablemente mejor se entiende con los trabajadores y más los quiere, como clase y como individuos. Pero así fue.
Flynn fue muy importante para el partido cuando se anunció el pacto germano-soviético. Estoy segura de que la dejó devastada: una antifascista hasta la médula desde principios de los años veinte pertenecía ahora a una organización que intentaba aceptar el acuerdo de no agresión entre la Unión Soviética y Alemania. Fue muy duro. Entonces comenzó a desmoronarse el apoyo al Frente Popular. Roger Baldwin quedó atónito, y no fue el único. La izquierda liberal empezó a distanciarse del partido y a cuestionar a sus miembros y, sobre todo, a sus dirigentes por su repentina defensa del pacto. Flynn siguió siendo antifascista, pero era una comunista disciplinada y no lo criticó. La línea del partido era que la guerra en Europa era imperialista, una guerra entre potencias imperiales, y ya no una lucha antifascista. Todo cambió cuando Alemania invadió la Unión Soviética: volvió a ser una guerra contra el fascismo y Flynn siguió de nuevo la línea del partido.
Antes de que la Unión Soviética y los Estados Unidos se aliaran en la guerra, el jefe del PCUSA, Earl Browder, fue arrestado, y Flynn lideró la campaña por su defensa, continuando el trabajo que había estado haciendo desde que era una Wobbly. Copresidió la campaña de defensa con Tom Mooney, quien realmente estaba muy enfermo y en cuidados intensivos, con oxígeno. Pero tenía una función simbólica importante. Como Flynn, era un radical irlandés-estadounidense y un vínculo entre el Partido y la historia del activismo laboral y la organización en Estados Unidos. No vivió para ver a Browder liberado.
La Ley Smith, también conocida como Ley de Registro de Extranjeros, se aprobó en 1940 y convirtió en delito propugnar el derrocamiento del Gobierno estadounidense por la fuerza y la violencia. Los primeros procesados fueron trotskistas, y el Partido Comunista, incluida Flynn, no salió en su defensa. El libro de Donna Haverty-Stacke Trotskyists on Trial es excelente para quien quiera conocer esta historia. El caso debería haber servido de advertencia al partido, pero no fue así. En 1948 detuvieron en una redada a sus dirigentes y los procesaron por la misma ley. Eran los acusados de «primera fila» del proceso de Nueva York. Flynn no estaba entre ellos y se sintió algo ofendida, porque…
Creía que ella también era de primera fila.
Sí: «Soy alguien importante y no me han detenido». Hizo por sus camaradas lo mismo que había hecho por Earl Browder, los wobblies, Sacco y Vanzetti y muchos otros: organizó una campaña de defensa y exigió su liberación. Pero ahora era difícil conseguir apoyos. En campañas anteriores había unido a la gente con este argumento: «Sean cuales sean nuestras diferencias ideológicas, esto amenaza la libertad de expresión y las libertades civiles en Estados Unidos, y busca impedir que los trabajadores se organicen. Debemos detenerlo». Sin embargo, resultaba difícil convencer a otros de que defendieran a los acusados por la Ley Smith, y la campaña quedó en manos de los propios comunistas.
En 1951 detuvieron a la propia Flynn en la segunda tanda de procesamientos por la Ley Smith, la de los dirigentes de «segunda fila». Decidió defenderse personalmente ante el tribunal y encabezar la campaña de defensa de todos los detenidos con ella. Como los primeros acusados, fueron declarados culpables y enviados a prisión. Flynn cumplió unos dos años y medio en la prisión federal de mujeres de Alderson, junto con Claudia Jones.

Mientras estaba en prisión, hubo división en el Partido sobre las revelaciones acerca de Stalin que siguieron a su muerte y la invasión soviética de Hungría. Flynn intentó no tomar partido; sentía que necesitaba consultar con sus camaradas antes de decidir qué lado apoyar. Cuando fue liberada de la prisión, inicialmente vio cierto valor en las reformas propuestas, que habrían orientado al Partido lejos de una perspectiva internacionalista hacia una más estadounidense, una que colocara las condiciones en los Estados Unidos en el centro de la organización. Pero por razones que no entiendo del todo, al final decidió que no apoyaba esos cambios.
Flynn escribió la primera mitad de su autobiografía antes de ir a Alderson y fue publicada mientras estaba en prisión. Nunca llegó a escribir la segunda mitad, porque constantemente era arrastrada a trabajos de defensa, principalmente defendiendo al Partido y a sus miembros de acusaciones bajo la Ley McCarran. Se quejaba de no tener tiempo para escribir y es una lástima porque sería interesante leer sus pensamientos sobre su vida como comunista.
Según la Ley McCarran, los miembros del Partido Comunista no podían solicitar ni tener pasaporte. A Flynn, que había viajado a Europa y a la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial, se lo confiscaron, al igual que a otro miembro del partido, Herbert Aptheker. Ambos recurrieron la decisión. Mientras el caso avanzaba hacia la Corte Suprema, ella escribía y hablaba en defensa del derecho a viajar como una libertad civil. Criticaba las pruebas de lealtad política para quienes querían salir del país y señalaba que, al confiscarle el pasaporte, las autoridades censuraban sus ideas y negaban a las personas fuera de Estados Unidos la posibilidad de escuchar su punto de vista. Siguió denunciando la Ley McCarran y defendiendo las libertades civiles incluso después de que el tribunal ordenara devolverle el pasaporte.
Pero el público era cada vez más reducido y de mayor edad. Había ingresado en el partido en los años treinta, cuando quienes querían estar a la vanguardia de la organización obrera y transformar Estados Unidos solían plantearse seriamente la afiliación o afiliarse directamente. En la época de la lucha por los pasaportes, Flynn y otros dirigentes aún hablaban en las universidades, pero faltaba la energía de antes. Una nueva generación de organizadores había tomado el relevo.
Cuando recuperó el pasaporte, viajó a la Unión Soviética. Tenía toda la intención de visitar Irlanda, pero nunca llegó. Enfermó y murió en Moscú en 1964, donde se celebró un gran funeral de Estado. Después trasladaron sus cenizas a Estados Unidos y las enterraron en el área de Chicago, en el mismo cementerio donde descansan los mártires de Haymarket y Emma Goldman. Allí hay una hermosa lápida con un magnífico epitafio: «La Chica Rebelde. Luchadora por la emancipación de la clase trabajadora».

Autoras
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Mary Anne Trasciatti
Mary Anne Trasciatti es hija y nieta de trabajadores de la confección y mineros del carbón. Dirige el programa de Estudios Laborales de la Universidad Hofstra y preside Remember the Triangle Fire Coalition. Es coeditora de Talking to the Girls: Intimate and Political Essays on the Triangle Shirtwaist Factory Fire (2022) y Where Are the Workers?: Labor’s Stories at Museums and Historical Sites (2022).
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Rosemary Feurer
Rosemary Feurer es profesora de Historia en la Universidad del Norte de Illinois. Es autora de Radical Unionism in the Midwest, 1900–1950, entre otros libros y ensayos. Trabaja en The Illinois Mine Wars, 1860–1940 y en una nueva biografía de Mary Harris «Mother» Jones.
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