Resumen
Este artículo desarrolla el concepto de «régimen laboral con alojamiento en dormitorios e intermediación en la contratación» (brokered dormitory labor regime, BDLR) para analizar las zonas de procesamiento para la exportación de la industria eléctrica y electrónica de Johor, Malasia. Allí, el endeudamiento para financiar la contratación, el engaño contractual y las restricciones a la movilidad permiten sincronizar la rotación de la mano de obra con la creciente demanda de fabricación de semiconductores impulsada por la inteligencia artificial. Dos intermediarios —el agente de contratación y el kadar— garantizan esa sincronización mediante el control de la reproducción social de los trabajadores. Al rastrear la genealogía de este régimen hasta los sistemas kangani y kangchu de las Colonias del Estrecho del siglo XIX, el artículo sostiene que el BDLR reactiva una infraestructura colonial de trabajo migrante coercitivo. Así revela un patrón recurrente de «sincronización asíncrona» entre capital y trabajo a lo largo de sucesivas revoluciones industriales.
Introducción
Los trabajadores migrantes que ensamblan y prueban semiconductores en Johor, Malasia, contraen deudas para conseguir empleo, son despojados de sus pasaportes y quedan confinados en dormitorios gestionados por los empleadores. Este artículo rastrea la genealogía de ese régimen hasta las infraestructuras de trabajo forzoso creadas bajo el dominio colonial. Explica por qué, ante la aceleración de la demanda de semiconductores para la IA, el capital las ha reactivado en lo que denomino un régimen laboral con alojamiento en dormitorios e intermediación en la contratación (BDLR).
Para entender las razones, es necesario situar este caso en el contexto de las investigaciones sobre trabajo y automatización.
La literatura académica sobre IA y automatización ha documentado que las tareas digitales, organizadas en microoperaciones fragmentadas y a menudo invisibles, constituyen una parte integral de la producción de IA.[1] Un creciente conjunto de investigaciones las denomina «trabajo oculto» y «trabajo fantasma» de la cadena mundial de suministro digital.[2] Estos estudios muestran que las tecnologías emergentes estratifican los regímenes laborales mundiales de dos maneras. La estratificación técnica establece una jerarquía de tareas, desde la anotación de datos hasta la fabricación de chips, que concentra el valor en la parte superior y la precariedad en la inferior: la «curva de la sonrisa», documentada desde hace tiempo en la industria electrónica.[3] La estratificación geográfica desplaza las etapas menos automatizables y más intensivas en trabajo hacia jurisdicciones donde la mano de obra puede obtenerse al menor coste.[4] Históricamente, esta dinámica se ha denominado nueva división internacional del trabajo.[5]
Sin embargo, esta literatura ha estudiado mucho más la primera forma de estratificación, en el trabajo digital y de plataformas, que la segunda, en la industria manufacturera. La investigación empírica sobre automatización y trabajo en la electrónica y en las etapas finales de la producción de semiconductores sigue siendo relativamente escasa.[6]
Este artículo se centra en el segundo tipo de estratificación: el encuentro entre la cadena de suministro de semiconductores y el régimen laboral coercitivo que aporta la mano de obra de sus operaciones más intensivas en trabajo.
Los análisis recientes señalan que los sistemas laborales, especialmente los asociados al modelo de la industria electrónica china de las décadas de 1990 y 2000, se han reconfigurado en las zonas manufactureras orientadas a la exportación del Sudeste Asiático, en particular en Tailandia, Camboya, Vietnam, Indonesia y Malasia.[7]
Aunque la región transfronteriza SIJORI lleva mucho tiempo siendo un centro de las etapas finales de producción de las cadenas globales de valor de la industria eléctrica y electrónica de Asia Oriental y Occidente, recientemente este corredor ha adquirido una nueva posición tanto en la iniciativa estadounidense Pax Silica como en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China (BRI). Atrae a multinacionales dedicadas al ensamblaje de microchips, las pruebas de semiconductores y la construcción de centros de datos para IA. En 2023, Malasia, donde se realiza el 13% de las operaciones mundiales de ensamblaje, pruebas y encapsulado de semiconductores, se convirtió en el principal proveedor de chips ensamblados para Estados Unidos, al tiempo que se integraba en las estrategias regionales de la BRI china.[8] En los primeros nueve meses de 2024, Johor registró inversiones de 9.800 millones de ringgits en la industria eléctrica y electrónica: el 34% del total nacional del sector. Además, contaba con unos 51 proyectos de centros de datos aprobados.[9]
La fuerza de trabajo de las zonas de procesamiento para la exportación (ZPE) de la industria eléctrica y electrónica de Johor está formada principalmente por migrantes temporales, sobre todo de Indonesia (40%), Bangladés (28%), Nepal (16%) y otros países asiáticos.[10] Con derechos muy restringidos y sin acceso a la ciudadanía, constituyen una fuente estable de mano de obra explotable «a demanda». Representan el 70% de los trabajadores de las ZPE de semiconductores; según los datos citados, el 35% de estos trabajadores está sometido a trabajo forzoso.[11]
La situación de «inclusión obscena» de los trabajadores[12] es resultado de una precisa «producción jurídica de la ilegalidad»[13]. Son conceptos que De Genova desarrolló al analizar la migración mexicana hacia Estados Unidos y que Liu ha aplicado a la migración laboral contemporánea en Asia.[14] En las ZPE de la industria eléctrica y electrónica de Malasia, una compleja red de cadenas de subcontratación, intermediarios de la migración y agencias de contratación, sostenida por infraestructuras institucionales e informales, constituye la base de lo que Liu ha denominado en otro trabajo la «logística de la esclavitud neoliberal».[15]
Examinar estas infraestructuras contemporáneas de migración y trabajo exige situarlas en un contexto sociohistórico complejo, marcado por formas persistentes de poder basadas en divisiones étnicas, estructuras coloniales y desarrollo desigual.
El artículo consta de tres partes, dedicadas a la infraestructura actual de intermediación, sus antecedentes coloniales y el significado teórico de su reaparición. A partir de la teoría de los regímenes laborales y de la teoría de la reproducción social, la primera parte analiza el papel de las infraestructuras de intermediación en el régimen laboral con alojamiento en dormitorios (dormitory labor regime, DLR) de las ZPE de Johor. Examino, en particular, dos figuras —el agente y el kadar— que configuran lo que llamo BDLR: un régimen donde las crisis de reproducción social de los trabajadores se utilizan para sincronizar la rotación de la mano de obra y del capital en la fabricación de semiconductores.
Aunque el BDLR difiere del modelo chino y de otros regímenes con alojamiento en dormitorios, mi objetivo es inscribirlo en la historia laboral local, evitando presentarlo como un caso excepcional o como otra forma de «trabajo oculto» en la fabricación de semiconductores del Sur Global.
La segunda parte contrasta el BDLR contemporáneo de las ZPE de Johor con dos regímenes anteriores que funcionaban en las Colonias del Estrecho a mediados del siglo XIX: los sistemas kangchu y kangani.
Los resultados se discuten, desde la historia global marxista y la geografía, en la sección «De la servidumbre por contrato a la electrónica: una sincronización asíncrona». Así se ofrece una perspectiva original para analizar los regímenes laborales que sustentan la actual revolución tecnológica. Al mostrar la larga trayectoria del trabajo migrante forzoso en la región transfronteriza SIJORI, el artículo sitúa la genealogía del BDLR dentro de los cambios cíclicos de la historia del capitalismo global.
El artículo permite abordar la geopolítica de la automatización desde los regímenes laborales del Sur Global: un cambio de perspectiva especialmente significativo en este contexto.
En Malasia, los migrantes laborales temporales son la comunidad más marginada, una condición que solo comparten con los 800.000 descendientes de los «culíes» del Imperio británico: trabajadores de China e India sometidos a servidumbre por contrato.[16] Su contribución histórica[17] y actual a la economía y al desarrollo del país, así como sus luchas, deben recibir la atención que merecen en el debate sobre IA y trabajo.
Una excepción poco frecuente es la genealogía de la falta de libertad elaborada por Qiu, que rastrea el trabajo forzoso en las líneas de montaje de Foxconn hasta la trata transatlántica de esclavos.[18] No existe un estudio comparable que reconstruya la historia específica del DLR en Johor y lo sitúe en las actuales cadenas globales de valor de los semiconductores.
Esta estrategia genealógica tiene un sentido analítico específico. Mientras los análisis del Norte Global sitúan las transformaciones contemporáneas en las trayectorias históricas del fordismo y el posfordismo, los debates sobre el llamado «trabajo digital oculto» del Sur Global tienden a limitarse al presente. Se desvinculan así de las historias laborales locales, en las que esas mismas poblaciones trabajadoras han sido parte integral de sucesivas revoluciones tecnológicas. Por el contrario, a partir de un enfoque genealógico y de un análisis de economía política de las cadenas globales de valor de SIJORI[19], el artículo sostiene que el BDLR es un requisito estructural de la expansión del capital. No se limita a parecerse a las infraestructuras coloniales de trabajo migrante coercitivo creadas un siglo antes para producir caucho y extraer estaño en las Colonias del Estrecho: las reactiva.
El régimen laboral con dormitorios e intermediación en Johor
Desde 2019, la expansión de la infraestructura de computación en la nube, acelerada por la demanda de servicios digitales durante la pandemia, ha transformado los mercados mundiales de semiconductores. Desde 2023, la aparición de la IA generativa ha intensificado aún más esa presión.[20]
La intensidad de capital del sector alcanza ahora entre el 45% y el 57% de los ingresos. Para obtener una rentabilidad del 10% sobre la capacidad que se está construyendo con horizonte en 2032, los ingresos anuales vinculados a la IA tendrían que rondar los 3,7 billones de dólares: varias veces los ingresos actuales de la industria.[21]
Tras perder a finales del siglo XX su posición entre los principales exportadores de microchips, Malasia ha resurgido como un centro manufacturero clave de la cadena mundial de suministro digital.[22] Este resurgimiento se produce en la coyuntura de policrisis iniciada en 2019 y coincide con los cambios de infraestructura impulsados por China mediante la BRI y con la geopolítica del desacoplamiento y del traslado de la producción a países aliados.[23]
Malasia representa hoy alrededor del 13% del mercado mundial de semiconductores y aspira al 15% para 2030. La producción se concentra en Johor, dentro del Triángulo de Crecimiento SIJORI, que lo conecta con Singapur y Riau y constituye un espacio clave de deslocalización de la industria eléctrica y electrónica. Entre 2021 y 2024, empresas occidentales y de Asia Oriental invirtieron miles de millones en ensamblaje, encapsulado y pruebas de semiconductores en las ZPE de Johor, apoyándose en zonas económicas especiales, acuerdos de libre comercio e integración logística con Singapur, Estados Unidos e Indonesia.[24] La incorporación de Johor a SIJORI ha sido fundamental para que Malasia pueda competir y colaborar con Singapur, manteniendo bajos costes laborales mediante zonas de libre comercio e incentivos fiscales. Así se ha consolidado como uno de los principales centros mundiales de fabricación eléctrica y electrónica.[25]
La competitividad de Malasia depende, sobre todo, de un régimen de migración laboral temporal y de movilidad limitada, fuertemente regulado. Los migrantes ganan un 32% menos que los ciudadanos malasios y son canalizados sistemáticamente hacia la manufactura exportadora, la construcción y la agricultura, lo que convierte a Malasia en el mayor importador de mano de obra del Sudeste Asiático.[26] Aunque la inversión extranjera directa está cada vez más vinculada al tamaño del mercado chino, la literatura subraya que el trabajo migrante en Malasia actúa como un factor de producción compuesto: su papel en la acumulación de capital no puede reducirse a las diferencias salariales.[27] Las particularidades de la producción mundial eléctrica y electrónica y de sus mercados requieren un marco teórico adecuado.
Para comprender la composición de la fuerza de trabajo en las ZPE del sector es necesario atender a las relaciones entre mercados laborales segmentados, contratación, condiciones de empleo, procesos de trabajo y formas de autoridad y control empresarial. Estos elementos se articulan en conjuntos definidos, con su propia lógica y sus efectos específicos.[28]
La teoría de los regímenes laborales describe la interacción entre relaciones sociales e instituciones que vinculan capital y trabajo en una estabilidad relativa, atravesada por tensiones, en lugares y momentos concretos.[29] La teoría transnacional del proceso de trabajo amplía este enfoque a las funciones coordinadas, pero geográficamente distribuidas, de las redes mundiales de producción.[30] Esto permite explicar la localización de las ZPE por la interdependencia entre la posición de los trabajadores en esas redes y los entornos sociales e institucionales donde viven y trabajan.
El régimen laboral con alojamiento en dormitorios, fundamental para la fabricación eléctrica y electrónica en Asia, extiende las relaciones laborales a los complejos residenciales de los trabajadores, generalmente proporcionados por los empleadores o el Estado.[31]
El dormitorio es un instrumento central de disciplina. El control laboral en estos regímenes se basa principalmente en dos estrategias: establecer regímenes de movilidad e inmovilización de los trabajadores y crear infraestructuras que faciliten la reinversión del capital mediante la extracción de plusvalía en el ámbito de la reproducción social.[32]
En los estudios sobre fronteras y migración, los regímenes de movilidad e inmovilización son el conjunto institucionalizado de leyes, políticas, infraestructuras y prácticas sociales que generan, facilitan, clasifican, regulan y, en ocasiones, imponen el desplazamiento o la inmovilidad de las personas en el espacio y el tiempo.[33] En la teoría marxista, la reproducción social comprende los procesos e instituciones que mantienen y reponen la fuerza de trabajo y los vínculos sociales. Incluye cocinar, limpiar, cuidar, la atención sanitaria y la educación: actividades indispensables para la acumulación de capital.[34]
La fuerza de trabajo de las ZPE de semiconductores de Nusajaya, Kulai e Iskandar Puteri, situadas en las zonas económicas especiales de Johor, está segmentada: entre el 10% y el 30% son trabajadores malasios y el 70% son migrantes temporales de Indonesia, Bangladés, Pakistán y Nepal que residen en dormitorios.[35] Para analizar este régimen, examino primero cómo dos intermediarios —el «agente» y el «kadar»— configuran la inmovilidad laboral y los ciclos de deuda que provocan crisis de reproducción social. Ambas figuras son esenciales para el BDLR, donde la contratación, los turnos y la rotación de trabajadores se sincronizan con la manufactura exportadora.
Estudiar el DLR a través del «espacio intermedio» de la migración, es decir, de las infraestructuras de intermediación, ofrece una perspectiva metodológica especialmente productiva para analizar los regímenes laborales transnacionales.[36] En el Sudeste Asiático, los intermediarios llevan mucho tiempo mediando entre capital, Estado y trabajadores migrantes. Sostienen sistemas de migración circular en los que la movilidad laboral se gobierna como instrumento de desarrollo nacional y acumulación de capital.[37] En Malasia, esta red de intermediación ha crecido junto con la concentración del capital en los niveles superiores y la externalización de la gestión laboral hacia los inferiores, produciendo regímenes fragmentados y racializados de incorporación de migrantes.[38]
Hoy, los migrantes en el ámbito de la ASEAN quedan encauzados hacia regímenes de visados temporales y salarios bajos que prohíben formar familias e impiden acceder a la ciudadanía y a la protección social. Su vulnerabilidad queda institucionalizada y su precariedad se vuelve permanente.[39] La mayoría procede de Bangladés, Nepal e Indonesia, tres de los principales países de origen de migrantes laborales del mundo. Esa vulnerabilidad persistente ha alimentado un denso mercado de intermediarios y agencias de contratación que operan mediante infraestructuras legales e ilegales.
En las ZPE eléctricas y electrónicas de Johor, cada trabajador mantiene una relación desigual con un intermediario concreto, el «agente». Este controla su movilidad, salario, documentación, alojamiento y acceso a la atención sanitaria, a menudo mediante la confiscación de pasaportes y contratos laborales.[40]
El agente es fundamental para debilitar la capacidad de los migrantes de impugnar la explotación laboral o rechazarla. Quienes quedan en situación irregular —con frecuencia por retrasos o información falsa atribuibles a los intermediarios— son especialmente vulnerables a la coacción, la extorsión y la deportación. Además, las normas vinculan los permisos de residencia a empleadores y lugares concretos, bloqueando en la práctica la resistencia colectiva.[41]
Estas restricciones se combinan con el control laboral a través de los dormitorios. La normativa federal de Malasia excluye a los migrantes del mercado privado de vivienda y responsabiliza legalmente a los empleadores de alojarlos, extendiendo así la autoridad empresarial a la vida privada. En Johor, el régimen se refuerza con sistemas institucionalizados de patrocinio similares a la kafala, vigilancia empresarial, segregación espacial por nacionalidad y restricciones a la movilidad impuestas tanto por la seguridad privada como por la policía de inmigración.[42]
La sincronización de la rotación del capital y de la mano de obra mediante la intermediación de la deuda
Al limitar la resistencia laboral y reconducir los salarios de poblaciones segregadas hacia las infraestructuras de reproducción social, los regímenes de movilidad e inmovilización reducen los costes de producción mediante el empleo de mano de obra migrante vulnerable.[43] Pero ¿cómo se relacionan las políticas de reproducción social de los DLR con la segmentación laboral de las ZPE? ¿Y cómo pueden utilizarlas los intermediarios para imponer la rotación de la mano de obra y del capital?
Desde la teoría de la reproducción social[44], autoras como Mezzadri[45] identifican cómo la reproducción de las clases y de la sociedad refuerza la disciplina laboral y la acumulación de capital en las ZPE y los DLR del Sudeste Asiático. Las crisis de reproducción social son fundamentales para ello. Al analizar los DLR chinos, Yige Dong[46] define esa crisis como la contradicción creciente entre la necesidad del capital de disponer de una fuerza de trabajo sana a un coste relativamente bajo y la tendencia del sistema a socavar las condiciones sociales que la mantienen y regeneran.
Al llegar a las ZPE de Johor, los migrantes ya están inmersos en una grave crisis financiera causada por el endeudamiento para la contratación. Mientras los trabajadores malasios quedan al margen de estas prácticas, el 92% de los trabajadores extranjeros paga comisiones de contratación y el 77% pide préstamos para cubrirlas.[47] En las ZPE de semiconductores de Johor y Penang, el endeudamiento se combina sistemáticamente con el engaño: al llegar, los trabajadores no pueden rechazar el empleo ni cambiarlo, incluso si las condiciones difieren de los contratos firmados en sus países.[48] La Organización Internacional del Trabajo y varias ONG consideran estas prácticas trabajo forzoso. La situación es especialmente grave en la industria eléctrica y electrónica malasia, donde el 75% de los solicitantes de empleo se endeuda por las comisiones de contratación.[49] La deuda convierte el engaño sobre salarios, jornadas, horas extraordinarias, remuneración y cláusulas de rescisión en relaciones laborales coercitivas.[50] En noviembre de 2025, expertos de la ONU en derechos humanos calificaron de «generalizadas y sistemáticas» las discrepancias entre las condiciones prometidas y las reales entre la población migrante trabajadora de Malasia.
En los DLR de Johor, la deuda de contratación regula los turnos y la rotación laboral conforme a los ciclos exportadores. Dos intermediarios articulan esta sincronización: el agente y el kadar. Los empleadores patrocinan formalmente la estancia de los trabajadores y confiscan sus pasaportes a través de contratistas o agentes. Por su parte, el kadar gobierna informalmente el consumo cotidiano y la reproducción social de los migrantes: es un intermediario externo a la empresa, pero central para el control laboral.[51] Suele ser el propietario de una tienda de alimentación de una comunidad étnica, situada entre los parques industriales y los dormitorios. Proporciona a crédito alimentos, alojamiento, transporte y otros bienes esenciales, creando un mercado cautivo de reproducción social. Al mantenerlos endeudados, priva a los migrantes de la posibilidad de rechazar órdenes o cuestionar sus condiciones de trabajo.
Aunque los papeles pueden solaparse, la distinción funcional entre agente y kadar constituye un BDLR diferente del modelo chino.[52] Los agentes gestionan la contratación, los turnos y la rotación; los kadares mantienen los ciclos de deuda mediante sistemas de crédito que prolongan las deudas iniciales y las extienden a la vida cotidiana, vinculando el régimen laboral con circuitos financieros informales. Así, la deuda genera sistemáticamente crisis de reproducción social y convierte la mano de obra migrante en desechable y sometida a disciplina, control y engaño. Al ajustar los plazos de amortización de la deuda a las cuotas de las fábricas, el BDLR sincroniza los turnos con los calendarios de producción «justo a tiempo» de la electrónica y los semiconductores.
En las plantas de fabricación de obleas, los trabajadores afirmaron que se les ordenaba prolongar sus turnos cuando aumentaba la producción, sin derecho a negarse: la deuda impone horas extraordinarias sistemáticas.[53] Según sus testimonios, no pueden pagar las deudas sin realizarlas regularmente. El endeudamiento se convierte así en un mecanismo estructural que ajusta la disponibilidad laboral a las metas de producción.[54] En las ZPE malasias de semiconductores, el 92% de los trabajadores que aún no había saldado sus deudas declaró sentirse obligado a trabajar más horas, a menudo por encima del máximo legal de 72 horas semanales.[55] Los contratos suelen prever al menos 72 horas de trabajo a la semana, de modo que las horas extraordinarias forzosas se vuelven la única vía para pagar las deudas.[56]
Informes recientes señalan que las horas extraordinarias forzosas son sistemáticas en las ZPE eléctricas y electrónicas de distintos estados malasios, bajo amenaza de deportación. En Kawaguchi Manufacturing, un proveedor de componentes para aparatos de Sony, Panasonic y Daikin en Port Klang, más de 200 trabajadores bangladesíes habían pagado casi 5.000 dólares cada uno por la contratación. Pasaron meses sin cobrar y trabajaron turnos de hasta 24 horas sin descanso. Cuatro que protestaron en agosto de 2024 fueron incluidos en una lista negra y enviados a Bangladés con una prohibición de entrada de cinco años. A quienes reclamaron directamente a la dirección se les dijo que serían deportados en lugar de recibir el pago.[57] Cuando la fábrica cerró en diciembre de 2024, un tribunal laboral ordenó abonar más de 3 millones de ringgits en salarios atrasados, pero cinco meses después los trabajadores habían recibido menos de una décima parte.[58]
Ante los pedidos urgentes, los trabajadores endeudados deben aceptar horas extraordinarias ilimitadas: las cuotas de producción, y no la ley, fijan el límite de su resistencia.[59] Los permisos de residencia vinculados a un único empleador hacen que abandonar el puesto los convierta, en cuestión de días, en personas sin documentación regular y susceptibles de deportación.
Legados coloniales: intermediación de la deuda y trabajo migrante en las Colonias del Estrecho
El modelo del régimen laboral con alojamiento en dormitorios, inicialmente asociado al estudio de la manufactura exportadora china[60], se ha aplicado después a ZPE de distintos continentes.[61] Sin embargo, el BDLR contemporáneo de Johor se distingue de otros regímenes, en particular del modelo chino «canónico», por su base en los sistemas coloniales de gestión de culíes vinculados a la servidumbre por contrato de trabajadores indios y chinos en Malaya y el Sudeste Asiático.[62] El concepto de DLR surgió como herramienta para estudiar la industria china, pero la práctica histórica es anterior y remite a la historia de la clase trabajadora migrante china e india.
Como observa Hamashita[63], las redes migratorias centradas en China han articulado las conexiones de Asia Oriental desde la Edad Moderna y fueron reconfiguradas repetidamente al servicio de las administraciones coloniales europeas y los intereses comerciales. Junto con la unidad política histórica de SIJORI bajo el sultanato de Riau hasta la partición de 1824, crearon redes duraderas de movilidad, intermediación comercial y abastecimiento local.[64] Las infraestructuras migratorias surgieron antes del dominio británico en Malaya, cuando la Compañía Inglesa de las Indias Orientales estableció asentamientos portuarios en el estrecho de Malaca. Conocidos como las Colonias del Estrecho, comprendían Penang, Singapur y Malaca, y su economía dependía del trabajo de esclavos y presidiarios procedentes de India.[65]
Malaya —la Malasia peninsular y Singapur— tuvo la tasa de inmigración más alta del mundo durante todo el período de 1881 a 1939. Entre 1911 y 1929, las tasas brutas de migración china e india duplicaban las de la migración hacia Estados Unidos.[66]
Mientras la migración europea al Sudeste Asiático era principalmente voluntaria, la migración laboral china e india se desarrollaba mediante arreglos libres y semilibres, mediados por intermediarios que operaban por canales legales y extralegales. Estas redes vinculaban contratación, vivienda proporcionada por el empleador y relaciones mercantiles de crédito. Así formaron infraestructuras duraderas de circulación y control laboral bajo el colonialismo, con efectos persistentes en los regímenes laborales de la región.[67] En las Colonias del Estrecho fueron fundamentales para la integración de Malaya en la economía mundial de finales del siglo XIX: ajustaban la movilización laboral al desarrollo imperial británico, la demanda de materias primas y la Segunda Revolución Industrial.[68]
Los sistemas indio kangani y chino kangchu, surgidos a principios del siglo XIX, constituyen regímenes fundacionales de esta trayectoria. Ambos regulaban la rotación laboral mediante la gestión intermediada de las crisis de reproducción social de los trabajadores.
Ambos pertenecen a lo que los historiadores del trabajo han llamado el terreno intermedio entre el trabajo asalariado libre y la esclavitud: trabajo por contrato, servidumbre por contrato y servidumbre por deudas. Estas formas persistieron y, en algunos lugares, se intensificaron mucho después de la abolición de la esclavitud.[69] Brass denomina «desproletarización» a la reintroducción de relaciones de trabajo no libre por parte de los empleadores bajo la presión del mercado, distinguiéndola de la mera supervivencia de relaciones precapitalistas.[70] La contratación kangani y kangchu se ajusta más a esta descripción que a las categorías jurídicas de servidumbre por contrato o contrato libre: se firmaban documentos, pero las deudas y los salarios retenidos determinaban si los trabajadores podían rechazar sus condiciones.
En las Colonias del Estrecho de mediados del siglo XIX, el sistema kangani surgió como un régimen de intermediación para contratar a migrantes indios. Permitía extraer excedentes dentro de una organización racializada y militarizada de la producción colonial.[71]
El kangani —del tamil kan, «ojo»— actuaba simultáneamente como reclutador, supervisor, tendero y prestamista. Anticipaba al kadar contemporáneo al integrar el control laboral en la deuda y la reproducción social.[72] Los salarios por debajo de la subsistencia, la vivienda empresarial y la deuda intermediada sincronizaban la rotación laboral con la producción orientada a la exportación. Las plantaciones se convertían en «instituciones totales», donde el despido implicaba desalojo y expulsión.[73]
Abandonar el trabajo no solo estaba mal visto: las ordenanzas laborales de las Colonias del Estrecho tipificaban la deserción y la «simulación de enfermedad» como delitos. En 1887, los condenados por esos motivos representaban casi un tercio de la población penitenciaria de la colonia. Tras su liberación, la mayoría regresaba a la misma plantación bajo escolta policial.[74]
Aunque el sistema era rentable, las enfermedades endémicas y las duras condiciones desestabilizaban repetidamente la oferta de mano de obra, generando crisis de reproducción social que amenazaban la acumulación.[75]
Sin embargo, como ilustra el sistema kangchu, los regímenes coloniales gestionaban activamente esas crisis para reajustar la circulación del trabajo y del capital. Esto reafirma la concepción de Marx de la crisis como un momento estructural de la reproducción y renovación capitalistas.[76] Junto al kangani, el sistema kangchu, que gobernaba la servidumbre por contrato de trabajadores chinos, utilizaba las crisis de reproducción social —sobre todo mediante el opio como tecnología biopolítica— para regular la intensidad laboral conforme a la rotación del capital.
Como el kangani, el sistema kangchu reclutaba a migrantes chinos —hoklo, hakka, hailam, teotjoe y otros grupos— para plantaciones y minas de las Colonias del Estrecho y del mundo malayo.[77] Los trabajadores eran contratados mediante sistemas de pasaje a crédito en establecimientos locales de comida (kedeh nasi). Llegaban con deudas considerables —de 10 a 15 libras, aproximadamente un salario anual—, se alojaban en dormitorios de las compañías (kongsi) y quedaban vinculados a intermediarios hokkien (taukeh) que controlaban salarios, vivienda y consumo, anticipando el BDLR contemporáneo.[78]
Las infraestructuras de deuda eran constitutivas del sistema kangchu: los beneficios de las tiendas de los asentamientos kangkar y del comercio minorista, alimentados por el consumo a crédito, superaban a menudo los de la exportación de estaño.[79] El opio era central. Funcionaba a la vez como droga para mantener la disciplina laboral, medio para recuperar los costes de contratación y tecnología biopolítica para gestionar la rotación y resistencia de la mano de obra en condiciones de extrema enfermedad y mortalidad.[80]
Al sostener farmacológicamente la capacidad de trabajar mientras generaba adicción, el opio estabilizaba la oferta de mano de obra sin resolver las crisis estructurales de reproducción. Los salarios —de 3 a 4 dólares mensuales— volvían a los mercados cautivos controlados por los consorcios kangchu.[81]
Este «régimen del opio», como lo denominan Brook y Wakabayashi[82], sustentó la exportación a bajo coste de estaño, caucho, pimienta y oro. Apoyó la industrialización británica, especialmente las comunicaciones y el automóvil, y contribuyó a que Malaya se convirtiera en 1919 en el mayor productor mundial de caucho.[83]
Para entender el papel histórico de estos sistemas laborales, es necesario situarlos en su función concreta dentro de la acumulación y circulación del capital. Como mostró Carl Trocki[84], los monopolios fiscales del opio explotados mediante concesiones actuaron como infraestructuras financieras tempranas y fuentes de ingresos coloniales. Sostuvieron las zonas exportadoras de la Segunda Revolución Industrial y configuraron un nuevo ciclo de acumulación de capital, desplegado a distintas escalas, en el Sudeste Asiático.
El sistema kangani no perduró hasta las últimas décadas del siglo XX. Las ordenanzas laborales coloniales se fueron desmantelando durante la década de 1930 y el sistema quedó formalmente abolido en 1938, mucho antes de la independencia de 1957.[85] Cuando la industria electrónica malasia comenzó a desarrollarse en la zona de libre comercio de Bayan Lepas, Penang, a partir de 1972, recurrió a otra fuerza de trabajo con un propósito diferente.[86] Bajo la Nueva Política Económica, el gobierno federal orientó a empresas extranjeras como Intel y Hewlett-Packard hacia la contratación de mujeres malayas jóvenes y solteras, procedentes de zonas rurales, para incorporarlas al trabajo asalariado urbano. Se intentaba integrar a la mayoría malaya en una clase obrera industrial de la que la división racial del trabajo colonial la había excluido en gran medida.[87] Durante unas dos décadas, la electrónica exportadora funcionó con trabajadores de ciudadanía malasia. Solo cuando apareció la escasez de mano de obra industrial en los años noventa recurrió a trabajadores extranjeros.[88] Por ello, la fuerza de trabajo endeudada y dependiente de intermediarios que se observa en Johor debe entenderse como un retorno al modelo colonial, no como su supervivencia ininterrumpida.
Situados en la fase de expansión capitalista mundial posterior a la Segunda Revolución Industrial, estos regímenes laborales, coloniales y contemporáneos, pertenecen al mismo ciclo de acumulación de capital.
De la servidumbre por contrato a la electrónica: una sincronización asíncrona
Tras la crisis financiera de 2008 y la superposición de las crisis sanitaria de 2020–2022, humanitarias y de hegemonía, en el despliegue de un régimen global de guerra[89], la actual crisis de reproducción del capital se caracteriza por la sobreacumulación crónica, las presiones sobre la rentabilidad y el estancamiento de la demanda. La respuesta es una expansión de infraestructuras destinada a acelerar la rotación y extender la valorización en el espacio y el tiempo.[90]
La reciente importancia de Johor en la fabricación de electrónica y semiconductores para IA debe situarse en la coyuntura más amplia de transición hegemónica y crisis de reproducción del capital.[91] Según el análisis de Kim Moody sobre la creciente importancia del tiempo de rotación en el capitalismo contemporáneo[92], cuando la reproducción del capital tropieza con obstáculos en la producción y la circulación, el capital intenta acortar la duración conjunta de ambos circuitos —el tiempo de rotación— mediante revoluciones en las comunicaciones, el transporte y la organización tecnológica.[93]
Desde la crisis financiera de 2008, la digitalización y la automatización han generalizado este fenómeno. Los economistas de la tradición marxista que estudia la tendencia decreciente de la tasa de ganancia documentan un patrón empírico real, aunque discutido.[94] El estudio comparativo internacional de Carchedi y Roberts encuentra una disminución de la tasa mundial de ganancia durante la posguerra: el stock de capital crece más deprisa que los beneficios que genera. No se debe a una caída de las ganancias absolutas, sino a su incapacidad para seguir el ritmo de una masa creciente de capital fijo.[95] La inversión actual en IA presenta el mismo patrón de forma aguda, con una expansión de infraestructuras financiada mediante deuda, como se muestra en la sección sobre el BDLR en Johor.
Moody muestra que las empresas automatizan solo cuando el cálculo de rentabilidad lo favorece y buscan alternativas más baratas cuando no es así. Una de ellas es intensificar el control sobre el ritmo de trabajo y la rotación de la mano de obra: una forma de arbitraje laboral que desplaza los costes hacia los trabajadores, como en Johor, en lugar de hacia el capital fijo. La infraestructura de capital fijo y el trabajo endeudado sujeto a intermediarios son dos instrumentos que responden a la misma presión. El primero sustituye trabajo por capital cuando resulta rentable; el segundo sustituye capital por trabajo coercitivo barato cuando la automatización no lo es. La inminente revolución de la IA puede concebirse, por tanto, como una fase contingente, aunque históricamente significativa, del largo ciclo de acumulación capitalista de valor.
El segundo instrumento responde a un límite inherente al primero. La automatización que la inversión en IA pretende extender al conjunto de la economía depende de una oferta de semiconductores que crezca con suficiente rapidez. Satisfacerla con más inversión en capacidad de fabricación de chips aumentaría el capital fijo, que ya crece más deprisa que los beneficios que genera. En cambio, el capital recurre a las etapas intensivas en trabajo de la cadena —ensamblaje, pruebas y encapsulado—, donde se sitúa Johor: acelerar el ritmo de trabajo y de sustitución de los trabajadores es más barato que ampliar capacidad para alcanzar el mismo objetivo. Johor, dentro de SIJORI, pudo responder porque la infraestructura necesaria ya existía. Las redes de contratación de origen colonial, el alojamiento en dormitorios y la administración de la deuda ofrecían las condiciones para volver a reunir la fuerza de trabajo requerida.
Marx definió el reflujo (Rückfluss) como la capacidad de un circuito de capital de retornar sobre sí mismo mediante el reembolso y la reinversión.[96] Aquí, el capital renuncia a otro circuito de inversión fija y se vuelve hacia una infraestructura de extracción de trabajo ya existente, aunque latente: un reflujo hacia capacidades heredadas de reproducción del capital.
Situar Johor en la región transfronteriza SIJORI aclara la dimensión histórico-geográfica del proceso. SIJORI ha funcionado históricamente como una solución espacio-temporal para la manufactura mundial. Hoy, las nuevas inversiones en encapsulado, pruebas y centros de datos renuevan la región para la economía digital, articulando el capital fijo con infraestructuras que aceleran la circulación entre la Pax Silica estadounidense y la BRI china.[97]
He sostenido que esta renovación se apoya en un régimen laboral con dormitorios donde dos intermediarios —el agente y el kadar— sincronizan la rotación del capital y de la mano de obra mediante deuda, confiscación de documentos, residencia dependiente de un patrocinador y control del alojamiento.
A partir del concepto de «solución espacial» (spatial fix) de Harvey, Meehan y Plonski[98] introdujeron el de «solución mediante la intermediación» (brokerage fix) para destacar las ambigüedades y contradicciones en la producción tanto del capital como del espacio estatal. Sin embargo, en el modo de producción capitalista, la circulación genera activamente crisis. Sus leyes contradictorias de movimiento no resuelven la crisis de reproducción del capital, sino que la aplazan, agudizando las crisis de reproducción social en otros lugares.[99] Por ello, la solución mediante intermediación es inestable y conflictiva. Es una respuesta provisional que debe comprenderse en su contexto geohistórico: siempre crea nuevas dificultades que requieren soluciones posteriores y renegociaciones continuas.[100]
En las ZPE eléctricas y electrónicas de Johor, esos mecanismos de intermediación producen crisis de reproducción social entre los migrantes. A su vez, las crisis se utilizan para acelerar la rotación laboral y ajustar los turnos a los picos de producción exportadora. Se configura así un modelo de trabajo forzoso «justo a tiempo» que hace especialmente atractivos a Johor y SIJORI para la deslocalización de la electrónica y los semiconductores. Sin embargo, la estrategia que revela el BDLR requiere una mayor elaboración conceptual.
Denomino esta operación «sincronización asíncrona»: la sincronía entre la rotación del capital y de la mano de obra se construye a partir de la asincronía inherente a los ritmos de una crisis de reproducción del capital y una crisis de reproducción social.
La asincronía funciona así: el tiempo de rotación del capital, comprimido por la demanda de semiconductores para IA, sigue un ciclo de meses; la infraestructura laboral movilizada para satisfacerla, el BDLR, responde a un ciclo de generaciones. La sincronización fuerza la coincidencia de ambos sin resolver la distancia entre ellos. Por eso debe rehacerse continuamente mediante deuda, confiscación y coacción, en lugar de quedar establecida de una vez por todas.
A partir del análisis de los regímenes kangchu y kangani, sostengo que esta sincronización asíncrona fija el capital en un régimen laboral constituido por temporalidades de corto plazo —rotación de trabajadores—, medio plazo —migración laboral— y largo plazo. Al hacerlo, reactiva sistemas de trabajo y redes de intermediación anteriores.
Los DLR constituyen una estrategia del capital para controlar y reducir los costes de reproducción social mediante regímenes de movilidad, inmovilización y circulación laboral. En cada contexto sociohistórico y cultural configuran relaciones de explotación mediante la extracción de plusvalía arraigada en condiciones sociales e históricas.[101]
La historia de la clase trabajadora sometida a servidumbre por contrato permite así analizar la cadena de suministro de semiconductores y su régimen laboral en Johor. Mientras el sistema kangani dependía de intermediarios para el reclutamiento y la subsistencia, el kangchu intensificaba esa dependencia utilizando el endeudamiento ligado a la reproducción de la vida y la precariedad —principalmente a través del opio— para controlar el trabajo, la disciplina y la jornada.
Por tanto, la rotación del capital y las crisis de reproducción social de los trabajadores se impulsan mutuamente; no se suceden una después de otra. En Johor, los mismos medios destinados a afrontar una crisis de reproducción del capital generan a su vez una crisis de reproducción social.
Así como los antiguos regímenes de intermediación kangchu y kangani fueron decisivos para integrar las Colonias del Estrecho en la Segunda Revolución Industrial, el BDLR actual se apoya en infraestructuras sedimentadas por etapas anteriores de integración en las cadenas globales de valor. En Johor, las inversiones de capital vinculadas al poder hegemónico se han dirigido desde hace tiempo hacia las infraestructuras de intermediación laboral. La sincronización asíncrona orienta las operaciones de corto plazo de la rotación del capital y reactiva trayectorias históricas de larga duración.
Conclusión
A partir de la teoría de los regímenes laborales y de la reproducción social, el artículo sostiene que las trayectorias históricas ayudan a analizar la cadena de suministro de la industria eléctrica y electrónica y sus regímenes laborales en Johor. De este modo, relaciona el BDLR con la dinámica histórica del capital global.
Los culíes figuran entre los grupos de trabajadores históricos sometidos a mayor inseguridad y sobreexplotación. Sin embargo, los procesos recientes de externalización manufacturera y contratación laboral, junto con la expansión de la intermediación y la trata de personas en países receptores de capital extranjero, han reproducido condiciones parecidas, cuando no análogas, a la servidumbre por contrato.[102] Por ello, un pequeño conjunto de investigaciones ha empezado a examinar los regímenes actuales a través de la historia del trabajo culí. Se pregunta si los culíes fueron una forma temprana de precariado o si, por el contrario, estas comparaciones ocultan particularidades históricas importantes.[103]
En este contexto, la historia internacional del trabajo, especialmente cuando se integra con estudios sociológicos y etnográficos, resulta esencial para los compromisos académicos y políticos.
La historia de la clase trabajadora se ha abordado como parte de una narrativa nacional aislada, en lugar de integrarla en la historia más amplia del capitalismo a escala mundial.[104] La historiografía predominante de Malaya, vinculada a una estrategia colonial de gobierno mediante la división de la población en «bloques étnicos», destaca sobre todo las narraciones sucesivas de las clases dominantes durante los períodos colonial y poscolonial.[105]
Las genealogías del Sur Global siguen siendo escasas en la literatura crítica sobre IA y capitalismo digital. Incluso los análisis del llamado «trabajo oculto» de la economía digital carecen de estudios que conciban las infraestructuras históricas y contemporáneas de intermediación como partes integrales de los regímenes laborales que sostienen la industria y el desarrollo tecnológico actuales. No obstante, evito calificar esta explotación como «trabajo oculto»: la escasa representación de los regímenes laborales no euroamericanos en la investigación occidental no los vuelve invisibles por naturaleza. Las instituciones políticas y laborales, los intermediarios y los reguladores locales los conocen. Permanecen oscurecidos en el discurso dominante por intereses económicos y políticos, pero también por las jerarquías del conocimiento y la desigualdad en su producción.[106] En cambio, sitúo este trabajo en su propio contexto histórico[107], atendiendo a las trayectorias coloniales que siguen configurando los regímenes laborales transnacionales de Johor y SIJORI.
Esta perspectiva contribuye a un debate académico emergente que reevalúa los regímenes laborales no libres como mecanismos constitutivos de la formación de valor durante la expansión capitalista mundial.[108] Sin embargo, el análisis reconstruye reapariciones, no una continuidad institucional ininterrumpida.
Analizar el BDLR en la larga duración de la historia mundial del trabajo revela las condiciones históricas concretas que posibilitan la acumulación contemporánea. La infraestructura de la IA funciona gracias al trabajo forzoso de migrantes. Identificar los regímenes de intermediación que los mantienen sujetos, y la infraestructura colonial que esos regímenes reactivan, es un primer paso para exigir responsabilidades a quienes se benefician de una situación que estos trabajadores no eligieron y de la que, en gran medida, no pueden salir.
Autor: Davide Blotta. Original publicado en International Labor and Working-Class History, Cambridge University Press, el 16 de octubre de 2026. Artículo original. Licencia Creative Commons Atribución 4.0 (CC BY 4.0). Traducción al español.
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