La novela Proles, de Barry Bergman, vuelve al movimiento obrero estadounidense de los años setenta: las ilusiones de los jóvenes radicales, la burocracia sindical y el racismo y el sexismo en el trabajo. Steve Early explora su vínculo con el legado de la película La sal de la tierra.
A principios de los años setenta, muchos activistas estudiantiles dejaban la universidad para trabajar en la industria y contribuir a radicalizar a la clase trabajadora. Ninguna película sobre el movimiento obrero los influyó tanto como La sal de la tierra.
Este innovador docudrama se había rodado dos décadas antes. Su productor, guionista, director y varios intérpretes no podían trabajar en Hollywood porque habían sido incluidos en las listas negras del macartismo.
El equipo de cineastas de izquierda reunió a trabajadores y familiares del Sindicato Internacional de Mineros, Trabajadores de Plantas de Tratamiento y Fundiciones (IUMMSW, conocido como Mine, Mill). Interpretaron una historia de ficción basada en una larga huelga de Empire Zinc, en el condado de Grant, Nuevo México.
Los afiliados de la sección local 890 también conocían la persecución anticomunista. Poco antes de su lucha de 1951 por mejores condiciones y por acabar con las diferencias salariales entre trabajadores blancos y chicanos —estadounidenses de origen mexicano—, Mine, Mill había sido expulsado del Congreso de Organizaciones Industriales (CIO). Lo mismo les ocurrió al sindicato de trabajadores eléctricos UE, dirigido por la izquierda, y al sindicato portuario de la costa oeste ILWU.
Tanto en la realidad como después en la pantalla, resultó decisiva la participación combativa de las esposas, madres, hijas y hermanas de los huelguistas. Cuando un juez prohibió los piquetes de los trabajadores, las mujeres ocuparon su lugar.
En La sal de la tierra, esta sustitución en los piquetes, que cuestionó los papeles de género en una localidad conservadora dominada por la empresa, provoca un apasionado debate entre los protagonistas.
Listas negras y deportación
Juan Chacón, presidente real de una sección de IUMMSW, interpreta a Ramón Quintero. Al principio se opone a que su esposa Esperanza participe en la huelga. La interpreta la actriz mexicana Rosaura Revueltas, deportada de Estados Unidos durante la realización de la película. Los demás trabajadores, todos hombres y mayoritariamente latinos, tampoco saben cómo reaccionar ante un comité de mujeres que ha adquirido autonomía y voz propia.
Cuando detienen a Esperanza y a sus compañeras de piquete, ella entra en la cárcel con su bebé. La ruidosa protesta que organizan allí anticipa las tácticas del movimiento por los derechos civiles en el sur y del movimiento por la paz de los años sesenta, y obliga al sheriff a liberarlas. Más tarde, la empresa intenta desahuciar a los Quintero. La defensa de la familia por los mineros marca un punto de inflexión en la huelga, que termina con un acuerdo colectivo.
Barry Bergman, periodista de Berkeley y autor de su primera novela, fue uno de aquellos jóvenes radicales inspirados por esta representación de la lucha obrera mexicanoestadounidense. Antes de instalarse en California e iniciar una larga carrera como periodista, redactor y editor de revistas y especialista en comunicación para la Universidad de California en Berkeley y diversas organizaciones sin ánimo de lucro, trabajó varios años en una fundición de cobre cerca de Tucson.
Aquella experiencia como afiliado de base de United Steelworkers (USW) dio origen a Proles, publicada por Serving House Books. USW había absorbido a Mine, Mill tras años de disputarle sus afiliados. Bergman ofrece un relato divertido, conmovedor e históricamente preciso de lo que entonces se llamaba «colonización» del lugar de trabajo y hoy suele llamarse salting: activistas que se contratan en una empresa para organizar a sus compañeros desde dentro. La historia se cuenta desde la perspectiva de un alter ego del autor.
En una asignatura universitaria titulada «Celuloide y cambio social», Simon Bussbaum descubre una película llamada Ciudad de esmeraldas. Lo cautiva la historia de unos mineros chicanos extremadamente pobres del suroeste y de su humilde pero carismático dirigente, Naldo Galvan.
El arte imita a la vida
Simon investiga y descubre que Galvan, como el verdadero Juan Chacón en los años setenta, se ha convertido en un disidente dentro de USW. El antiguo organizador de huelgas y protagonista de una película obrera ahora moviliza a sus compañeros contra un sindicato partidario de la colaboración de clases. Este se abrió paso en las minas de zinc y cobre del «Cinturón del Sol» presentándose como socio de la empresa, en vez de como su adversario en la lucha de clases.
El cinéfilo y lector de Queens, donde también creció Bergman, deja atrás la política antibélica para emprender una vida obrera muy distinta en Arizona, donde la afiliación sindical no es obligatoria. Al llegar a su primer turno en Cobra Copper Company, conocida como ThreeCo, se encuentra en una escena que parece salida de la película que inspiró su decisión.
«Fuera de los enormes portones de la fundición, cientos de hombres formaban pequeños grupos, con los monos quitados o colgando de la cintura. Unos estaban de pie; otros, tumbados sobre la tierra o sentados en sus cascos. Algunos, sin camisa, brillaban al sol. Podría haber sido una cola desordenada ante la sala de conciertos Fillmore East, de no ser por la ropa de trabajo y las botas industriales».
Un nuevo compañero —un chicano de aspecto duro, con un diente menos, bigote al estilo de Fu Manchú y una cobra tatuada en el antebrazo derecho— le explica qué ocurre. Es una huelga espontánea, sin autorización sindical. Snake, cuyo apodo significa Serpiente, parece encantado de seguir a los «blancos locos» que lo empezaron todo agitando los brazos, saliendo del taller y gritando: «¡Únanse a nosotros!»
Otros trabajadores están enfadados por perder varias horas de salario. «Anarquistas», gruñe uno. «Comunistas y agitadores. No les gusta esto, y no se les puede reprochar. Pero no se puede hacer huelga hasta que venza el convenio. Eso dice la ley».
Un gerente repite el mensaje por megáfono: «Esta es una paralización ilegal. Su sección sindical no ha autorizado la acción y se suma a nuestra exigencia de que la interrumpan inmediatamente. Es la última advertencia».
¿Un error táctico?
Los miembros de una pequeña organización de cuadros de izquierda, que habían incorporado a Simon a su círculo en una librería radical, figuran entre los doce trabajadores señalados como alborotadores y despedidos. Tras este «error táctico», Simon asiste a su primera asamblea de la sección local de USW. Allí descubre la inercia burocrática y la rutina de un sindicalismo centrado en administrar el convenio, familiares para tantos activistas de base de ayer y de hoy.
Acude apenas un puñado de afiliados a un local de la organización de veteranos VFW, con «una bandera estadounidense en el mástil exterior y otra en la pared detrás de la tribuna». Se dedica mucho tiempo al informe financiero y a la lectura del acta anterior. El asunto principal es la decisión unánime de la ejecutiva de no llevar a arbitraje las reclamaciones de los despedidos.
El tesorero explica que esto ahorrará mucho dinero a la sección: «No habríamos podido ganar defendiendo una acción contraria a la cláusula que prohíbe las huelgas en nuestro propio convenio». «¡Que les vaya bonito!», suelta el responsable profesional de la sección, un hombre rechoncho con camisa blanca de manga corta, antes de cerrar la asamblea con un golpe de mazo.
Las descripciones del trabajo industrial son igual de certeras. Algunos de los mejores pasajes de Proles recuerdan a La jungla, de Upton Sinclair, sobre los peligros de los mataderos del Medio Oeste de hace un siglo, o a El emperador de la alegría, de Ocean Vuong, sobre el trabajo mal pagado en la Nueva Inglaterra del siglo XXI.
«La fundición, conocida como Freako, parecía una enorme y destartalada carpa de circo: hornos que escupían chispas, cucharas de colada que salpicaban y colgaban de las grúas como marionetas asesinas, torrentes de fuego líquido que caían en cintas de un resplandor aterrador. El peligro estaba en todas partes, bajo el rugido sordo y el hedor a huevos podridos. Todo era negro y naranja, oscuridad y fuego: una pesadilla de Halloween en plena vigilia, donde cualquier paso en falso provocaba terror».
Pero el asunto que más enciende el taller no es el riesgo de morir abrasado o de sufrir mutilaciones. Es la decisión de ThreeCo de contratar a su primera obrera: una enérgica exatleta escolar, de ascendencia parcialmente latina y madre soltera. Estamos en 1973 y empieza a abrirse paso la igualdad de oportunidades.
Samantha Tanager parece continuar la historia de Esperanza. No solo demuestra que puede sustituir a un hombre en el piquete: va a trabajar junto a ellos en el taller, con un mono naranja ignífugo, casco de aluminio y botas con puntera de acero. La llegada de una «atractiva hija de un minero del cobre», según el periódico local, enfurece a Bullock.
Es el corpulento hombre que masca tabaco, con «un talento natural para la crueldad», con quien Bussbaum debe trabajar. Ya recela del evidente origen judío de Simon, de sus maneras universitarias y de su procedencia de la costa este. Ahora considera la entrada de Tanager en el santuario de la fundición un sacrilegio: una grave ofensa al imaginario «Código del Obrero de Verdad, División de Metales No Ferrosos».
Además, cree que Samantha es lesbiana. Advertencia de destripe: para disgusto del enamorado Simon, esta vez su intuición es correcta.
Racismo cotidiano
El idealismo de Simon, formado en la Nueva Izquierda, vuelve a ponerse a prueba entre la «belleza oscura y depravada» de Freako. La fundición desprende una masculinidad rancia y un precario espíritu de camaradería envuelto en racismo y sexismo cotidianos. Son tan omnipresentes y están tan arraigados que Simon, ajeno a ese mundo y sin saber si le corresponde juzgar los valores de sus compañeros, empieza a verlos como otra forma más de comportarse como un cabrón.
Cuando esa conducta se convierte en una campaña de Bullock para hacerle la vida imposible a Tanager, la lucha de clases personal de Simon termina en una pelea en el aparcamiento entre dos «hermanos de sindicato». Al recién llegado le va mal, y el episodio se parece poco a los enfrentamientos heroicos entre trabajadores y empresa de La sal de la tierra.
Finalmente, Bussbaum se despide de la vida obrera y busca mejores horizontes en California. Tanager y su pareja se marchan a Austin, un oasis más tolerante en Texas.
Proles no se escribió como manual para el Rank & File Project. Esta iniciativa actual recluta, forma y apoya a una nueva generación de activistas que se incorporan como trabajadores de base a centros con presencia sindical para luchar por el poder de la clase trabajadora.
Aun así, el libro es una lectura muy recomendable para esos activistas por la habilidad con que explora la relación entre lo personal y lo político. Quien intente organizar desde dentro y hacerse amigo de compañeros sin conciencia de clase —y a veces bastante extraños— mientras soporta turnos nocturnos agotadores, gerentes autoritarios y dirigentes sindicales poco más amables encontrará aquí un respiro humorístico. Así recrea Bergman su encuentro real con la «sal de la tierra» de Arizona hace medio siglo.
Steve Early es un veterano activista sindical, miembro de Richmond Progressive Alliance y autor de Refinery Town: Big Oil, Big Money, and the Remaking of an American City (Beacon Press, 2017), sobre la lucha por la justicia ambiental en Richmond, California.
Reseña publicada en Hollywood Progressive.
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